El pronunciamiento de la Academia Nacional de Ciencias Económicas (ANCE), publicado el pasado 9 de marzo, parece coincidir con buena parte de la política económica de la dictadura. Al menos en su aspecto fundamental. Conseguir financiamiento externo, confianza brindada a los inversionistas mediante. Es exactamente la receta de la dictadura. La diferencia está en que, mientras la ANCE plantea las cosas en abstracto, la dictadura lanza una artimaña poderosa: la llamada Ley contra el Bloqueo (LCB), que convierte a Venezuela toda en una Zona Económica Especial al estilo chino, además de que cuentan con la cada vez más remozada Ley de Promoción y Protección de Inversiones Extrajeras.

Así, en esencia, algunas de las propuestas de la Academia son similares a lo adelantado por la dictadura, pero dirigidas a otras latitudes.

Estamos de acuerdo con la idea de atraer inversiones productivas. Pero hay que aclarar si son extranjeras o no. Además, eso de crear confianza es un principio que esconde precisamente políticas como las contempladas en la LCB. Desregulación total de la relación capital-trabajo en favor del capital, cercenamiento de la sindicación, desregulación de la protección del ambiente, militarización del orden jurídico. Confianza total. Eso ya lo está practicando con creces la dictadura.

Se ha convertido en un fetiche eso de la inversión foránea para el crecimiento y desarrollo económico. No es para menos, dadas las necesidades del capital financiero en todo momento. Sin embargo, la historia no brinda las bondades que narran nuestros economistas. En todo momento, hasta Estados Unidos ha estado enfrentado, como nación, así como sus banqueros e industriales, a la inversión extranjera dentro de su economía, por los perjuicios que les causa. De allí que Ha-Joo Chang, economista surcoreano, muy propagada su obra en estos tiempos, hable de ella negando su condición de “madre Teresa de las finanzas”. Por lo que, de no existir regulaciones, son grandes los estropicios que trae. De haber regulaciones, el desarrollo estaría inscrito dentro de los parámetros generales del interés nacional y no dentro de los objetivos del capital financiero, cosa que parece espantarlos.

Venezuela es un buen ejemplo de que las inversiones extranjeras directas poco dejan, apartando lo establecido por la división internacional del trabajo (DIT). Entretanto, la deuda pública ha supuesto el desangre de nuestras finanzas públicas, al comprometer año a año el presupuesto de gastos de la nación, que ya no deja siquiera para el salario de quienes hacen funcionar la inmensa maquinaria estatal.

Sin embargo, muy difícil enfrentar este fetiche de las inversiones extranjeras. Tanto que su sola negación parece despertar pasiones que ni siquiera se expresan frente al ateo que niega la existencia de dios.

De resto, es poco lo que brinda la Academia. No toma en cuenta aspectos fundamentales del capitalismo mundial y su incidencia en Venezuela. Hablar de cualquier medida para la reconstrucción pasa necesariamente por ubicar determinaciones fundamentales del acontecer mundial.

Nueva etapa de la economía y del pensamiento económico

El capitalismo mundial, el imperialismo, siendo su fase superior, ha entrado en una nueva etapa en su desarrollo. La hegemonía estadounidense parece estar cediendo ante el imperialismo chino. El bloque conformado por Rusia y China ya bastante supera a EE. UU. en varios sectores. Manufactura, importación de materias primas, producción de electricidad y acero, tecnología 5G, entre otros, cuentan con la primacía china. Por su parte, las industrias bélica, aeroespacial y aérea encuentran en Rusia su mejor expresión. Como acreedor, China lleva con creces la primacía mundial, hasta poseer buena parte de la deuda externa estadounidense, bajo el principio: “Vosotros compráis nuestros productos, nosotros compramos vuestros bonos” (ver Piergiorgio M. Sandri, www.lavanguardia.com).

Esta circunstancia, además, va a afianzar una tendencia propia del capital en general, al canalizar la riqueza hacia la inversión productiva, dentro de su economía. Así, en EE. UU., volvemos a los tiempos de Hamilton. Se cumple aquella sentencia expresada por Marx: “La competencia obligó enseguida a todo país deseoso de conservar su papel histórico a proteger sus manufacturas por medio de nuevas medidas arancelarias…”, por lo que “sometió a su férula el comercio, convirtió todo el capital en capital industrial…”. Esto es lo que viene haciendo Estados Unidos desde la presidencia de Trump, ahora continuada por Biden.

A su vez, eso explica que ya se transmitan de manera profusa ideas que reivindican el papel del Estado. Nos resulta emblemático, a tales efectos, cómo ahora hasta en series de televisión estadounidenses se reivindica la medicina estatal. Se critica cada vez más la educación privada y se busca volver a los tiempos en que el capital se concentraba en la industria y no en los servicios que corrían a manos del Estado. Parece que buscan revivir lo que los liberales llaman el “Estado paternalista”.

Se abre la tendencia que apunta a sacar el capital del sector de los servicios de educación y salud, entre otros, para centralizarlos en la industria. Es que solamente sobre esa base es que pueden los estadounidenses recuperarse y tratar de superar el desarrollo alcanzado por el bloque chino-ruso. Es en la industria donde se puede encontrar el sustento para una sólida recuperación económica, basada en el desarrollo científico tecnológico. Es en el desarrollo de la composición orgánica donde se encuentra la palanca para elevar la productividad y alcanza mayor competitividad frente al rival imperialista. La creación de riquezas con base en la industria es lo que apoya una sólida economía.

Asimismo, la política proteccionista de Estados Unidos ha hecho sus efectos. Apenas comienza. Es muy temprano, pero ya hay evidencias de que la reindustrialización ha brindado frutos. No los que requiere, pero suficientes como para concluir en que la tendencia seguirá a todo evento.

Se pone en evidencia, una vez más, que el Estado capitalista se asume como capitalista total ideal. Además, se pone en el tapete aquello del carácter absoluto de las fronteras nacionales en expansión a la fuerza de las naciones imperialistas. La tesis de la flexibilidad de las fronteras nacionales y de “El Imperio” sin asiento nacional, lucen ridículas frente a las contundentes pruebas de estos tiempos. Por lo pronto, al menos en esta etapa, vivimos el fin del Estado “bobo”.

Es que el papel del Estado no se reduce a crear las condiciones de reproducción de las relaciones sociales de producción. También cumple con la orientación de la producción cuando existe interés nacional.

En definitiva, los nuevos tiempos recrean ideas añejas. Al menos de allí debemos beber un tantico y no repetir las recetas que han dejado exhaustas la economía de los países dependientes y a naciones desarrolladas entre las que destaca Estados Unidos.

La Academia

Ahora, bien, mientras lo anterior es una tendencia mundial, al menos en las grandes potencias, el pensamiento económico dominante en los países subalternos sigue estando colonizado por el liberalismo que luce cada vez más trasnochado.

Por lo que nos parecen sumamente limitadas las recomendaciones de la ANCE, por decir lo menos. La alternativa frente al desastre nacional no debe resumirse en cuestiones tan poco convincentes de cara a los antecedentes y a lo que ofrece la dictadura. Sería más de lo mismo de lo que está haciendo la tiranía.

Están inscritas dentro de la ideología liberal las orientaciones de la academia. Sus resultados siempre serán similares. El endeudamiento junto con las libérrimas inversiones extranjeras no aporta al desarrollo, mucho menos cuando no existe un proyecto de desarrollo con sentido nacional que debe ser el preámbulo de cualquier propuesta.

Es que el fetiche de la deuda y de las inversiones extranjeras deja ver sus costuras en todas partes donde se lleva a cabo. Si existiese un sentido nacional en la estructura económica venezolana, se pudiesen encontrar mejores condiciones para un eventual desarrollo en algunas áreas, pero, a la postre, las inversiones extranjeras directas terminan por chupar la sangre de los países receptores. Si no se producen medidas de desarrollo, además del efecto vampiresco, se convierten en enclaves que, al retirarse las filiales, afectan sensiblemente las economías de las que sacaron jugosos beneficios y no dejan nada salvo chatarra.

Venezuela es, desde 1989, un buen ejemplo al respecto, cuando innumerables empresas se retiraron de la economía venezolana y se relocalizaron en otras latitudes, incluso en algunos países vecinos. Lo paradójico es que la economía asumió la apertura al libre mercado y abrazó de manera incondicional lo pautado por la Organización Mundial de Comercio en ese mismo año, para “brindar confianza”.

Por su parte, las inversiones indirectas —la deuda contraída por los Estados— hacen más evidente su papel contrario a los intereses de los países receptores. La situación de Venezuela hoy es más que emblemática, solo que ahora debemos más a los chinos que a los gringos.

De allí que el autor surcoreano antes citado, economista a favor del capitalismo de pura cepa, afirme que: “Prácticamente todos los países ricos de la actualidad echaron mano del proteccionismo y de las subvenciones para fomentar sus industrias nacientes, y muchos de ellos (sobre todo Japón, Finlandia y Corea) impusieron también severas restricciones a las inversiones extranjeras. Entre los años treinta y ochenta del siglo XX, Finlandia clasificaba oficialmente a todas las empresas con más del 20 por ciento de titularidad extranjera como «empresas peligrosas». Varios países (sobre todo Francia, Austria, Finlandia, Singapur y Taiwán) recurrieron a empresas públicas para potenciar los sectores clave”.

Además, esta ideología no toma en cuenta que las inversiones se producen con base en el papel que juega un país en la DIT en el momento concreto que se vive. Venezuela es receptora de inversiones solamente en las áreas que brindan grandes ventajas y que profundizan su papel en la DIT como suministrador de materias primas o poco elaboradas e importador de bienes con alto valor agregado.

Resulta incomprensible eso de “sacar al país del aislamiento”. En realidad, la dictadura no está aislada. Está articulada férreamente al bloque chino, a la perspectiva china. Suscribió el protocolo que la ata al proyecto más ambicioso a escala planetaria: una franja una ruta. Ciertamente está aislada de los bloques europeo y estadounidense, imperialismos rezagados en relación con China.

Ahora, bien, siendo esta la realidad, es de suponerse que las inversiones directas e indirectas existen. Solo que no provienen de Estados Unidos o de Europa. Venezuela, bajo la dictadura, es área de influencia del bloque chino-ruso, de allí proviene buena parte de ellas.

¿Conseguir donantes? Es probable. Sobre todo, contando con la eventual anuencia y aval de China, Rusia e India en el Fondo Monetario Internacional (FMI) No olvidemos que la configuración del FMI y del Banco Mundial ya no es la misma. China se aproxima cada vez más a los votos con que cuenta Estados Unidos en ambos organismos. China ha prestado en los últimos años el doble de lo otorgado por estas instituciones a escala planetaria.

Igual puede suceder con el aspecto anterior, eso de deuda por inversión: seguiríamos manteniendo los condicionamientos de nuestro desarrollo, pero ahora de China.

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