Algo que queda claro en la obra de Marx es que las condiciones materiales de existencia determinan las formas de conciencia. Que se trata de un asunto histórico. Que la ética del capitalismo, por tanto, debemos ubicarla en las relaciones que se establecen para la producción bajo la égida de la burguesía. Más concretamente, del proceso de trabajo y de producción capitalista emerge la ética capitalista y la escala de valores del régimen burgués, de la sociedad burguesa. Es más, del proceso de producción de plusvalía emerge el despotismo capitalista, ese que inunda la cultura, las relaciones entre los hombres en la cotidianidad; ese “respeto” al patrón, al dueño de los medios de producción; ese “culto” y exaltación del burgués o de sus representantes y representaciones; y, por supuesto, el fetichismo capitalista. Del proceso de trabajo ―basado en el uso lo más intenso y eficaz posible y permisible de la mercancía fuerza de trabajo para la máxima extracción de plusvalía― se crea una cultura del trabajo basado en la eficiencia individual y colectiva para la producción de plusvalía.
A partir de estos datos, que parten de las relaciones objetivas entre el dueño de los medios de producción y el hombre trabajador, de las relaciones de producción capitalista, pues, es como podemos ubicar el surgimiento de la ética pragmática como la expresión más acabada de la ideología burguesa.

Así como el egoísmo se convierte en un valor, en una subjetividad a partir del proceso de producción de plusvalía, hasta convertirse en una fuerza material fundamental del capitalismo, de igual manera, el sentido de la mayor eficacia y eficiencia en el uso del trabajo también va a convertirse en un valor, en una subjetividad dominante. De allí que se convierta en un principio de vida, en una guía que orienta la conducta humana. Así, la ética pragmática va a “despojarse” de toda valoración que nos distraiga de la misión capitalista del máximo rendimiento.
Esta relación entre la base objetiva y la subjetividad creada, que termina siendo base material, va a convertirse en una idea dominante que penetra en el espíritu humano en el modo de producción burgués, hasta formar parte de un principio que impera en todas las esferas en que se realizan las relaciones humanas, incluyendo, claro está, las relaciones políticas y la idea dominante en esta práctica. Como un tiovivo, a momentos se consolida como tendencia, a momentos decae, pero siempre está presente, en mayor o menor medida.
Veamos algunas cosas de manera un poquito más concreta, que se convierten en problemas propios de la vida revolucionaria.
Podemos establecer que la ética que emana del pragmatismo, que asimismo lo sustenta, cuando se entroniza en el “pragmático revolucionario” va a llevarlo a “fusionar” elementos de la moral individualista burguesa con el “interés colectivo”. Por ejemplo, a la hora de obtener finanzas para la revolución, el “pragmático revolucionario” no se para en límite alguno, por lo que puede realizar alguna actividad que raya en lo ilegítimo, o definitivamente es ilícita. Ciertamente los criterios para atender este asunto se establecen históricamente. Esto es, lo que en una circunstancia histórica es legítimo en otra no. Pero en ningún caso es individualmente definida, ni obedece a aspiración personal de nadie. Ahora, bien, como el “pragmático revolucionario” debe contar con determinadas condiciones de vida para ser más eficaz, así se explica, es capaz de justificar alguna acción ilícita o ilegítima, bajo el criterio, entre otros, de que la resolución de su problema económico, dentro de cualquier esquema, “siempre ajeno a la moral burguesa”, redunda, según el sujeto en cuestión, en mayor eficacia partidista. Así, siempre según el “pragmático revolucionario”, su acción no sólo es heroica, sino legítima.
Es por ello que para el “pragmático revolucionario” esas rigideces de algunos comunistas son cosas caducas y conservadoras propias de gente pasada de años y que aún se aferra a cuestiones ―como esos añejos principios― que en nada favorecen la posibilidad de alcanzar éxitos políticos en el avance del proceso.
La idea de la eficacia por encima de los principios es un asunto que termina siendo dominante en el “pragmático revolucionario”, aunque en la práctica no sea nada eficiente, por flojo o porque las circunstancias no le favorecen. Por ello es relativamente fácil para él distorsionar la ética basada en el interés superior por encima del interés particular; en la perspectiva del futuro por encima del presente, sin descuidar el presente, entre otros. Veamos: actuar con la mayor eficacia, no importando dejar a un lado algunos “principios de los viejos”, puede garantizar alcanzar metas de manera más acelerada. A momentos, eso implica tomar atajos un tanto riesgosos. En otras oportunidades, el pragmático ve las cosas en forma distorsionada, al punto que fetichiza algunas formas de lucha de manera absoluta, sin percatarse de que éstas, las formas de lucha, se corresponden con las condiciones objeticas y subjetivas, así como con los objetivos y tareas de la táctica, e incluso con las consideraciones que se extraigan del análisis de la coyuntura que estemos viviendo. No obedecen, en definitiva, las formas de lucha, a deseos o fetiche alguno.
Pero también busca ser eficaz el “pragmático revolucionario” a la hora de una elección, partiendo de dos consideraciones que aumentan sus posibilidades. Una, dejando a un lado la valoración del dirigente con base en sus aportes, el tiempo que dedica a la actividad revolucionaria, entre otras virtudes. Recurriendo, por el contrario, a la capacidad de manipulación, al discurso encendido, a la retórica que despierta simpatías aunque la práctica cotidiana deje mucho que desear. Otra, mediante una estrategia que permite sembrar sentimientos negativos hacia ideas y personas, mediante el uso de la mentira, la suposición a partir del prejuicio, la maniobra, el descaro en el discurso destemplado. Así, la ética pragmática asume a Maquiavelo en su sentido abyecto. El fin justifica los medios, dentro y fuera de la vanguardia revolucionaria. Así, en general, el “pragmático revolucionario”, como cree violar las leyes del desarrollo, porque las desconoce, a momentos está desesperado, y su perspectiva está en otra idea, es capaz de transgredir cuestiones elementales de la conducta revolucionaria con tal de alcanzar un objetivo determinado.
La pragmática, en las condiciones actuales del desarrollo capitalista se ha convertido en dominante del quehacer político. Nada diferencia la mentira de Obama ―expresión acabada del gran capital cuando miente de manera descarada al afirmar que el bombardeo a Libia es para proteger civiles― de la mentira proveniente de quienes, dentro el campo “revolucionario”, buscan alcanzar un objetivo con base en la mentira. La diferencia es de proporciones, circunstancias y terrenos. Pero la esencia es la misma. Desde la mera aspiración se hacen cosas en correspondencia con intereses bastardos, asimismo, en posiciones de poder las proporciones pueden ser mucho mayores. No importando a quién o quiénes se afecte.
Sin renunciar a los principios éticos que deben guiar a los revolucionarios, nuestra política debe basarse en la verdad, en la honestidad, buscando la mayor eficacia con base en el análisis de la realidad, contando con las herramientas de las ciencias del proletariado y el arte de la política en su sentido positivo. Esto es, en cada caso, uniendo la mayor cantidad de voluntades para alcanzar objetivos que nos aproximen a la aspiración más noble de la humanidad: la construcción de una sociedad solidaria.
 
Carlos Hermoso 
Caracas, 15 de julio de 2011

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