El 4F es una fecha contradictoria en Venezuela. Desde el advenimiento de la religión chavista y sus avezados delincuentes al poder de la República, se ha desatado -con lógica esperada- una campaña sostenida de parte de una fracción de la dirigencia opositora, consistente en esputar algunos odios ideológicos con los que pretenden, en el mejor de los casos, apedrear dos pájaros de un peñón. Con toda la perversión posible del lenguaje, estos próceres -algunos incluso con ingenuidad mediocre- han lanzado por años una serie de acusaciones inútiles y pervertidas contra los chavistas gobernantes, que en realidad buscan congraciarse con otros generales de otras batallas: el anticomunismo y el antisocialismo, el antimarxismo y la degradación de la propia historia. Se han dedicado a deformar minuciosamente la verdad acusando al chavismo de socialista o comunista.

La acusación: toda la destrucción de Venezuela, de su aparato productivo y hasta de la ética y moral de la sociedad entera, es obra del comunismo planetario; responsabilidad de Marx, Lenin, Stalin y los soviéticos, supuestamente encarnados hoy en el chavismo gobernante.

Esta acusación no busca efectividad en el combate contra la dictadura chavista. No solo no la busca ni la ha buscado, sino que es inversamente proporcional al desarrollo de una política de correcta de confrontación y construcción de una fuerza en capacidad de derrotarlos. Grandes inversiones hace el propio chavismo en estimularla y financiarla desde sus servicios de inteligencia.

¿Pero en qué consiste su eficiencia desde la perspectiva oficialista? La trampa está en mezclar a los chavistas con los socialistas o soviéticos bajo una misma acusación. Se cree -cándidamente en algunos casos y reflejo de incultura- que acusarlos de lo que ellos mismos se reivindican, es inteligente. No se percatan estos próceres opositores de lo estúpido que resulta acusar a alguien de lo que orgullosamente se reivindica. Y si no es estúpido, al menos es sospechoso.

Reafirmar en el enemigo y hacer profusa campaña para “desenmascarar” lo que el mismo enemigo considera virtud, y que evidentemente le ha servido de instrumento para la estafa más grande de la historia venezolana es, cuando menos, un acompañamiento. Eso es lo que ha hecho buena parte de la dirigencia actual de la oposición. No califica al chavismo gobernante de lo que es: mafia de malandros y criminales que se apoderaron del país con la estratagema del socialismo. Por el contrario, al menos en el caso de los agentes de otras batallas, prefieren matar dos pájaros de un tiro acusándolos de lo que ellos piden a grito ser calificados. Así, contribuyen a bajo costo con el propio chavismo que disfrazó durante todo este periodo el saqueo, la destrucción y la esquilmación de toda nuestra riqueza nacional, la entrega abyecta de nuestra soberanía y el afianzamiento de nuestra dependencia, de socialismo, cuando el socialismo, incluso para un lego, es desarrollo de las fuerzas productivas, protección de los trabajadores, beneficios sociales estatales y hasta puede ser acusado de autárquico en algunos casos. Ese principio capitalista de que el “pez grande devora al pequeño” ha tenido el mayor estímulo por parte del chavismo gobernante. Nada de socialista tiene destruir al pequeño y mediano productor como ocurrió en Venezuela. Grandes trampas del lenguaje y la política.

Mientras, los principales dirigentes opositores no ubican al enemigo principal y desvían esfuerzos de parte de la población contra los socialistas. Cuando a lo sumo el 5% de los venezolanos se reivindica abiertamente capitalista y el grueso inmenso de la población se inclina hacia posturas socialistas, socialdemócratas o progresistas, estos próceres invierten la prioridad que debiera tener, incluso desde una perspectiva oportunista, el discurso opositor. Este ha sido el principal freno al desarrollo y efectividad de la política opositora, además de los negociados que no vale la pena mencionar en este escrito.

La campaña anticomunista es absolutamente entreguista. No aísla al chavismo gobernante. Al contrario, los hace un grupo difuso, mezclado con gente buena que se proclama socialista tanto en la oposición como en las propias filas chavistas. Los hace inasibles. No permite un foco coherente. Lleva la lucha contra unos dictadores mafiosos y criminales a una lucha ideológica, cuando no lo es. Negocios y acuerdos económicos del chavismo gobernante demuestran incontrovertiblemente la verdad.

Podría el lector decir que un escrito de este tipo, proveniente de un comunista, también es sospechoso. Nada puede poner en duda los intentos de nuestro partido por alcanzar la construcción de una fuerza que derrote la dictadura chavista desde 1998; sacrificios con víctimas mortales en nuestro caso. Pero no se trata de una defensa ideológica, que en última instancia tendrá su batalla en la realidad y más allá de los deseos. Se trata del sentido elemental de la eficiencia de una política que persiga acumular la mayor fuerza posible para dar el salto a la victoria. Una oposición de política sospechosa nunca podrá generar la confianza suficiente para hacerse mayoritaria y victoriosa, a pesar de que pueda ganar alguna batalla electoral que coloque a algún dirigente opositor en una posición acomodada en un estado o en el parlamento. Aun así, no se puede confundir el inmenso descontento de la población con el respaldo a unos “sospechosos habituales” que han conducido a repetidas y misteriosas derrotas en momentos clave.

Esto debe comprenderse en la dirigencia media. No escribimos para los convencidos del error, sino para las bases de la dirigencia opositora. Para los dirigentes de la cuadra, del edificio, del barrio. La construcción de una fuerza opositora genuinamente unitaria, que no solo permita alcanzar la victoria sino garantizar la pervivencia posterior de un Gobierno de reconstrucción nacional económica y democrática, pasa por desbrozar el camino de polvo y paja. Ubicar el enemigo y su carácter es vital. Es urgente construir una verdadera oposición.

Foto: El Estímulo

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