La muerte no siempre encuentra una buena causa. Para Rafael Olivero, la diabetes y la vejez pudieron más que el riesgo y la lucha revolucionaria, guerrillera y la represión. Este 3 de enero de 2022 en Barquisimeto, el gordo Rafael murió, atendido por su familia y dejando una historia de sacrificios, entrega, valentía y solidaridad incalculables. El “gordo camión”, como le dijimos en Bandera Roja desde muy temprano, se hizo revolucionario antes de ser un hombre, cuando con apenas 7 años y durante la dictadura de Pérez Jiménez, la Seguridad Nacional asesinó a su mamá. Este doloroso episodio lo empujó a criarse en orfanatos hasta hacerse grande, pero trocó su “rabia contra el sistema que le arrebató a su familia”, en una fuerza de sentido crítico y reflexivo, que lo llevó hasta las costas del pensamiento revolucionario y más adelante, del pensamiento y la práctica comunistas. Asimismo, alimentó desde niño su anhelo por tener una familia grande y numerosa, como la que deja finalmente tras su fallecimiento.

Rafael era miembro de nuestro actual Comité Central, aunque por sus dolencias físicas y sus condiciones económicas, su militancia se vio limitada los últimos años. Recordamos sus intervenciones cargadas de sencillez y de enseñanzas, a veces extremas y otras veces sensatas y profundas, pero siempre desde la franqueza y la reflexión humilde de un trabajador y hombre del pueblo. Pero pese a esta limitación de salud, apenas hace 5 años planeaba junto a otros camaradas la reconstrucción del partido en Margarita, donde buscaba establecerse los últimos años de vida luego de una terrible persecución y secuestro que sufrió uno de sus hijos por parte de la delincuencia amparada por el Estado venezolano. Pese a esto, nunca descansó para fortalecer la vanguardia revolucionaria en su país y en cómo contribuir, incluso con su vida, a producir el cambio para un mundo mejor.

La vida del Gordo Olivero fue de entrega, sacrificio y dedicación a la actividad subversiva, revolucionaria y comunista, de la que nunca tuvo vacilaciones, ni siquiera cuando tantos revolucionarios a los que formó y ayudó, se empastelaban en pensamiento y acción, en los enredos de la estafa chavista. El gordo se mantuvo firme en desenmascarar el engaño hasta los últimos años de su vida, sin perder el respeto y la admiración de muchos, incluso en las filas de la represión y del enemigo político y de clase.

Sus años de militancia revolucionaria e incluso su mote de “Gordo Camión” (tuvo un camión durante años como forma de subsistencia con el que, además, realizaba acciones subversivas) los adquiere en BR desde sus inicios, cuando en un esquema de seudónimos sus camaradas de la guerrilla a la que ayudaba en varias tareas logísticas le ponen el mote, que luego lo acompañó toda su vida. Fue preso en el Retén de Catia durante algunos años, lo que le endureció el carácter de forma determinante luego de que, en una operación financiera fallida junto a militantes de otros partidos revolucionarios distintos a BR, cayera preso. Esto le costó el tiempo en una cárcel común y torturas físicas indescriptibles, que forjaron aquel hombre duro y de carácter que muchos recuerdan. Sin embargo, jamás perdió su condición solidaria, afectiva, tierna incluso, en la que militó hasta sus últimos días de vida.

Rafael se desempeño desde muy joven en las unidades militares del partido, en las que demostró arrojo, valentía e incluso temeridad, y que brindaron la confianza plena que el partido tuvo siempre en él. Su vida, que transcurrió principalmente alrededor de la lucha revolucionaria, siempre encontró en sus actividades de sobrevivencia, un vínculo con la actividad revolucionaria. Así, además de estar en estructuras clandestinas y guerrilleras, se hizo una referencia en las luchas sociales en las zonas del oeste de Caracas, especialmente en el 23 de enero, Catia, La Silsa y particularmente en La Pastora, en donde hasta sus últimos años mantuvo el respeto y admiración de habitantes, dirigentes y hasta de enemigos, que vieron en Rafael un hombre ético, intachable y entregado a la causa de los pobres, los desposeídos y los trabajadores.

Pero Rafael fue construyendo, a lo largo de su vida, un entorno muy amplio en el que siempre difundía la influencia de su pensamiento revolucionario. En la Universidad Central de Venezuela, Rafael tendrá un lugar indiscutible en la memoria académica y revolucionaria. Rescató el Cafetín de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales y brindó durante décadas un espacio en el que confluyeron las luchas teóricas, académicas, políticas, democráticas y las acciones revolucionarias; desde los planes del 4F y el 27N de 1992, hasta incluso entrados los años de la lucha contra la dictadura chavista.

En aquel cafetín y bajo su solidario cobijo y atención, ocurrieron hechos históricos que más adelante la historia hará justa revisión y memoria. Balaceras contra estudiantes bajo las botas represivas de gobiernos anteriores a Hugo Chávez o balaceras contra estudiantes y profesores ejecutadas por bandas paramilitares del oficialismo chavista, Rafael presenció el transcurrir de la lucha política y fue refugio, caleta, recurso, alimento, café y abrazos para quienes lucharon en los pasillos de la UCV contra el poder establecido. Sus mesas fueron el encuentro de pancartas, asambleas estudiantiles, reuniones secretas, reuniones amplias e incluso de proyectos que hoy siguen vivos y que encontraron en Rafael un hombre siempre dispuesto a acompañar.

En Bandera Roja no podemos resumir en estas pocas palabras toda la historia de quien fue un revolucionario hasta el último día de su vida. Rafael, además, deja una familia enorme, que encontrará en su ejemplo muchos recuerdos, historias y enseñanzas de quien fuera un hombre bueno, en el sentido más amplio y puro de la bondad. Acompañamos el duelo de sus hijos, de su familia nuclear y de su familia social, esa que también encontró en Rafael una ayuda que cambió para bien el destino particular. Recordaremos a un hombre que fue un ejemplo de entrega, valentía y sacrificio permanente por un mundo mejor. Honor y gloria al buen revolucionario, al hombre sencillo, al Gordo Camión, Rafael Olivero.

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