La pandemia parece haber cedido. En buena parte del planeta ya las universidades y los centros educativos están de regreso a sus actividades normales. Ya son muchos los países en los cuales las universidades han abierto sus puertas. Ya hay clases presenciales. Sin embargo, en Venezuela la cosa se tarda. Acá, a pesar de que los rigores de la pandemia fueron menores que los de otros países, aún no se asume la presencialidad.

Este asunto es urgente, dada la necesidad de repoblar las universidades, en especial la Universidad Central de Venezuela. Las labores de Recuperación, Rehabilitación y Restauración del Patrimonio han paralizado en buena medida la presencia de la comunidad. Estos trabajos tardarán más de tres años desde su inicio. Ya se encuentran retrasados, pues la primera etapa debía ser culminada en diciembre y aún no se concluye. Se coaliga esta circunstancia con la pandemia para estos efectos de impedir la presencia de la comunidad en sus aulas. Lo que le interesa al chavismo es cumplir con lo pautado con la Unesco acerca de la conservación del patrimonio mundial cultural y natural de la humanidad, que incluye un Fondo del Patrimonio Mundial, cuyo uso es desconocido en el caso de la UCV.

Es que el chavismo, durante más de 20 años, negó los recursos que demandaban las universidades para su mantenimiento, hasta ser borrado del presupuesto. De allí el origen y profundización del deterioro. Se sumó a este proceso el hecho de que los chavistas, en connivencia con bandas delictivas, desmantelaron instalaciones como Medicina Tropical, entre otras dependencias, o el cableado de varias escuelas de la Facultad de Humanidades.

Aunque el caso más grave es el del núcleo de Cumaná de la Universidad de Oriente. Su desmantelamiento y reducción a escombros pasó por el saqueo de su biblioteca y de todas sus dependencias. Las cabillas de la estructura de las paredes fueron parte del botín que extrajeron los depredadores. Entretanto, los estudiantes ven clases en las casas de los profesores o en dependencias que colaboran con la labor educativa.

El caos es parte de una estrategia

El deterioro no es solamente de la planta física. Tardará un tiempo esa restauración. Pero lo más lamentable de la situación de las máximas casas de estudio no es la infraestructura. Es la que sufre su comunidad y la institución en su esencia y razón de ser. El objetivo de la dictadura es acabar con las universidades en su sentido universal y crítico.

Mucho afecta la migración profesoral a otros países o áreas de trabajo —dada la desaparición de los sueldos y salarios durante varios años—. La dictadura no cesa en este aspecto al desconocer la propia convención colectiva que se les impuso a los universitarios, cuando desconocieron las normas de homologación. Los sueldos se aumentan un tantico y luego se rebajan. El odio a las universidades no cesa, solo se esconde con fraseología.

Pero también el chavismo ha saqueado su espíritu en buena medida. Dos cosas conspiran: de una parte, el avance del pensamiento reaccionario del posmodernismo destruyó en buena medida el espíritu crítico de la universidad. Copó la escena y la academia se hizo posmo y seguidora de la dogmática liberal y de la globalización. Por otra parte, pocas voces mantuvieron la condición crítica universitaria y la metafísica de los tiempos globalizadores se hizo hegemónica, cuestión que aprovechó el chavismo para colar sus ideas. No olvidemos que el chavismo nace posmoderno desde la perspectiva fascista. Es por ello que enaltece al líder y lo vincula a una mitología creada y recreada a su antojo.

Pese a todo esto, las instalaciones más remozadas de la UCV comienzan a recibir a su comunidad, insuflándoles vida a las paredes recién encaladas. Aunque las autoridades no lucen convencidas de nada. Ni a la convocatoria a clases, ni qué hacer frente a la ofensiva gubernamental y la ocupación de las instalaciones. Eso de la conservación del patrimonio es un argumento de mucho peso y luce inobjetable. El chavismo lo aprovecha y la institución luce incapaz de ejercer su autonomía mediante la crítica al arma de doble faz que usa el chavismo.

Las autoridades apenas comienzan a tener algo de certeza en relación con las elecciones para autoridades con base en un reglamento que busca ajustarse a lo establecido por el TSJ al respecto. Esto es, con base en lo pautado en la Ley Orgánica de Educación y no a la Ley de Universidades vigente. Aunque deban desconocer la consulta realizada al claustro de las universidades autónomas, máxima instancia democrática para efectos de elección de las autoridades, de acuerdo con la última ley mencionada.

Las asociaciones, gremios y sindicatos parecen iniciar una estrategia correcta para luchar en favor de los agremiados. Los estudiantes no cuentan con una dirección gremial para asumir la pelea contra la dictadura. No reciben becas, el comedor no funciona, el servicio de transporte no está activo, y mucho menos los servicios médicos. Es poco lo que hacen los dirigentes para activar el movimiento. Tampoco levantan un pliego de demandas que atienda las necesidades del estudiante.

Son varias las tareas que deben adelantar los universitarios y el reinicio a clases presenciales puede favorecerlas. Para ello se demanda de una conciencia que vaya en consonancia con ese objetivo. Sin el pensamiento avanzado, sin la idea de que la universidad es espacio para la búsqueda de la verdad y la conciencia crítica de la sociedad, no se podrá rescatar ni su espíritu, ni sus instituciones, ni sus gremios.

Allí se encuentra el objetivo principal para enfrentar una dictadura que —al igual que prefiere remozar la apariencia de las autopistas capitalinas a atender seriamente la malnutrición de mucha gente— rescata la infraestructura de la UCV, aunque su comunidad no reciba sueldos, salarios ni becas. La mejor manera de enfrentar la estrategia gubernamental es, para empezar, regresando a clases presenciales, aunque se deban usar sus pasillos y jardines.

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