La dictadura ha anunciado tiempos de guerra. Cada día parece meses, y los meses parecen años. El anuncio deliberadamente ambiguo de Maduro sobre la creación de milicias universitarias constituye un acercamiento tímido pero firme de declarar el conflicto al estudiantado universitario y más allá, al pueblo.

Pero ahí van los estudiantes. Hay que decirlo en presente porque el movimiento es perpetuo.

En la Plaza Cubierta en la Universidad Central de Venezuela son pocos al principio. Empiezan a reunirse. La logística. Empieza la discusión antes de dar inicio formal al evento. Unos miran de reojo.

En los pasillos empiezan los comentarios. “¿Qué van a hacer ahora?”. Hay recuerdos de las rebeliones civiles de los años 2014 y 2017. Muchos perdieron todo esos años. No les queda nada más que dar. Y aún así, van a dar lo que no tienen. Se nota en sus anatomías que la crisis económica los ha afectado. Cada vez más delgados, cansados.

Sus bolsos lucen pesados. Saben que a las afueras del recinto universitario les esperan decenas de Guardias Nacionales equipados para repelerlos.

Con resolución denuncian todo lo que debe denunciarse a viva voz. Llaman a los demás estudiantes a que se unan. Llaman a la solidaridad estudiantil, obrera, magisterial.

Sairam Rivas, dirigente de la Unión de Jóvenes Revolucionarias, es enfática. “Estudiar en este momento es un acto de resistencia. Este régimen ha tenido como estrategia destruir la educación venezolana. Hoy decimos que vamos a seguir en la calle, luchando y unificados con el resto de gremios”.

Porque las becas estudiantiles no sirven para nada, hay que protestar. Porque la crisis ha destruido prácticamente toda capacidad de estudiar, deben manifestar. Porque la represión ha arrebatado vidas, ha dejado padres sin hijos y las universidades vacías, hay que salir a la calle.

Nunca había sido más difícil en Venezuela pedirle a alguien que luche por otra persona que no sea ella misma. Nunca había sido más necesaria la unión de todos los sectores para lograr el derrocamiento de la dictadura.

Gritan consignas, aplauden, se animan a sí mismos. Alzan pancartas. Toman la decisión, en medio de arengas, de salir a marchar.

Los bolsos revelan sus justos contenidos. Máscaras que repelen los efectos de las probables bombas lacrimógenas. Cascos, guantes, lentes de construcción, resorteras. Banderas de Venezuela que algunos aprovechan a amarrarse al cuello (que se sepa por qué marchan).

Los discursos sobrepasan lo reivindicativo, económico. “Aquí vinimos a expresar nuestro descontento”, dicen.

Esperan los guardias en las adyacencias de la Central. Ellos, como los estudiantes, saben a qué vinieron.

Inicia la represión. Dispersan. Hieren. Debe sorprenderles tanta tenacidad por parte de los jóvenes. Debe recordarles que alguna vez miles lucharon por los derechos de millones en las autopistas de la capital.

Sabemos que el Gobierno lo recuerda y pretende ejercer la mayor cantidad de violencia física posible sobre ellos.

Pero los estudiantes están envalentonados. Acaban de lograr una victoria importante en la Universidad de Carabobo. Demostraron que donde se impone la voluntad firme de los ciudadanos no hay represión que pueda detenerlos.

Aseguran al pueblo, que detalla atentamente lo que ocurre, que estas agresiones no quedarán impunes. Porque las promesas que hacen son, en esencia, al pueblo que mira fijamente a los estudiantes. Saben que son una de las partes más combativas de la sociedad. Es una carga importante que los estudiantes ya están acostumbrados a llevar. Sin miedo.

Este 21 de noviembre la protesta reprimida recordó al Gobierno que los estudiantes, ahora más flacos, más débiles físicamente, mantienen su espíritu de cambio intacto. Recordó a la sociedad venezolana que es hora de volver nuevamente a las calles, y la simpatía de la que goza el sector estudiantil en la opinión pública. Quizás no ocurra mañana la tercera rebelión, pero es un cimiento. Uno de tantos.

Sabe el Gobierno, y por eso no los dejan marchar, que los estudiantes en la lucha son el germen de una nueva sociedad.

A los heridos, nuestra mayor solidaridad y apoyo. Habrá que sacudirse la sangre y el polvo, devolver las bombas injustamente lanzadas a rostros jóvenes, tomar lo que haya en el suelo y defenderse, taparnos la boca con paños empapados de bicarbonato de sodio, y seguir. Porque es menester vencer la dictadura.

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