El domingo 6 de diciembre se consumó lo que desde hace meses los demócratas venezolanos habíamos denunciado: un burdo fraude electoral. Pero lo relevante de esto fue que el pueblo todo desobedeció el llamado dictatorial a participar en esta pantomima. Fue una acción clara de desobediencia civil que marca un hito para la lucha política de ahora en adelante.

No es de extrañar que los opositores no hayan acudido a este evento tramposo, disfrazado de elecciones. Pero resalta en mayúscula la desobediencia chavista. Hicieron caso omiso a las veladas y directas amenazas de los jerarcas del régimen de quitar el beneficio de la Caja CLAP o cualquier otro programa social que mantiene la dictadura como política de control y sometimiento social. El pueblo chavista se cansó. Es posible que eventualmente se conozcan denuncias de personas que ya no recibirán dichos programas sociales debido a que no votaron en el fraude electoral.

Amigos simpatizantes del chavismo nos comentaron que la abstención llegó al 90% en todo el país. La encuestadora Meganalisis habla de 80%. El periodista Luis Borjas afirmó en su cuenta de Twitter que solo votaron dos millones de personas Ya empezaron a aparecer cifras de la dictadura en las que se habla de una participación del 30%. Buscan de esta forma, al estilo nazi, decir una mentira mil veces para convertirla en verdad. Pero lo cierto es lo que vio Venezuela y el mundo: Los centros de votación se mantuvieron solitarios durante todo el día. Las imágenes son irrefutables. La maquinaria del PSUV no funcionó. Está bastante debilitada. La desobediencia civil fue total, muestra del descontento del pueblo.

Por otro lado, no se vio la maquinaria de «la oposición», del colaboracionismo. Esto llama la atención y hace pensar que la dictadura distribuirá entre los participantes en el fraude a los diputados «electos», auto otorgándose al PSUV la dos terceras partes de una Asamblea Nacional que no tendrá ningún tipo de legitimidad ni de legalidad.

El pueblo venezolano ha dado una gran lección política. La dictadura queda más desnuda y desamparada, pues la desobediencia ciudadana evidencia lo que ya se sabía: el chavismo dejó de tener apoyo popular.

Ahora, la oposición está obligada a demostrar el 12 de diciembre una gran capacidad de movilización y que se evidencie en las calles. De lo contrario, se equiparará a la dictadura en cuanto a deslegitimación. Tenemos una gran responsabilidad. Hay que hacer todo lo que esté en nuestras manos para que la Consulta Popular sea un éxito, pues es el puntillazo político a una dictadura que está herida, que está desnuda, totalmente deslegitimada y sin apoyo del pueblo.

La desobediencia civil del 6 de diciembre debe ser canalizada política y orgánicamente. Eso supone, ahora más que nunca, renovar la verdadera unidad de la oposición. Ampliarla, reforzarla, deslastrarla del sectarismo y del hegemonicismo que lamentablemente aún mantiene.

No podemos contentarnos con el éxito de la consulta. Hay que prepararnos para una nueva etapa en la lucha por la democracia. Eso implica también construir una unidad social que tome las calles para reconquistar derechos que le han arrebatado a los venezolanos, especialmente a los trabajadores de la administración pública, que ya no tienen salario, pero también derechos como la salud y la educación, hoy en el piso y totalmente destruidas.

Esta nueva unidad debe dotarse de una clara estrategia política que tenga como objetivo la salida del poder de los usurpadores, para luego dar paso a una transición que tenga como norte la reconstrucción del país.

Hoy cobra vigencia nuestro planteamiento de rebelión visto como un derecho constitucional establecido en nuestra Carta Magna. Esta rebelión debe basarse en el protagonismo y la movilización popular expresado no solo en las luchas del pueblo por sus derechos, debe también basarse en las asambleas de ciudadanos como germen de la nueva democracia que debemos construir.

La nueva unidad a la que nos referimos debe tener una dirección política capaz y con el suficiente talento para echar adelante las tareas de liberación de Venezuela. Esto significa que debe dotarse de un programa político (que no son políticas públicas) muy concreto que responda al interés nacional y de las mayorías, que reivindique la independencia política y económica del país, que sepa aprovechar nuestras riquezas y las ponga al servicio del desarrollo, la democracia y el bienestar.

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