Buscar un empleo con buen salario es una tarea difícil para todos los venezolanos, pero la peor situación la viven las mujeres. Pasa aquí y en el mundo. Desde que nos incorporamos al trabajo y comenzamos a luchar por compartir el escenario público con los hombres, estamos en desventaja y desigualdad.

Aunque la igualdad de género se promueve y se grita, cuesta mucho entender de lo que se trata, y más pensar en políticas que puedan contrarrestar la desigualdad. Y esto aplica incluso para quienes defienden a las mujeres, los DDHH y luchan contra el patriarcado.

La maternidad, socialmente enaltecida y promovida como bendición, se convierte en una cruzada para muchas mujeres que aspiran a desarrollarse en el mundo laboral. Aunque la maternidad debe ser decidida y no un destino para las mujeres, cuando se elige ser madre, se está eligiendo formar parte de la sociedad que vive con mayor desigualdad en el ámbito económico.

La mujer trabajadora, activa económicamente, sólo logra insertarse en el mercado laboral en cargos de baja categoría, en condiciones vulnerables y sin posibilidad real de ascenso. La diferencia de actividad laboral en el mundo entre hombres y mujeres según la OIT alcanza los 26 puntos porcentuales y en algunos países puede llegar a 50 puntos. Sólo 49% de las mujeres entran al mercado laboral y en cambio los hombres que trabajan alcanzan el 75%. El principal obstáculo es lograr la conciliación entre el trabajo y la familia, porque sobre la mujer recae en mayor medida el cuidado de los hijos, el cuidado del hogar, el apoyo en la enseñanza educativa, sin retribución salarial e invisibilizados. Trabajos socialmente necesarios para producir la principal mercancía: la fuerza de trabajo.

Un ejemplo de cómo se profundiza la brecha

Aunque las anécdotas no siempre me convencen en un artículo de opinión, esta fue leitmotiv de este escrito. No sólo como anécdota, sino como grito de indignación y exigencia social para que nos demos cuenta que en lo sutil también se esconde la violencia contra las mujeres.

Una amiga, economista, egresada de una de las principales universidades del país y que ha desempeñado cargos de gerencia media en importantes empresas, está buscando trabajo. Salió embarazada y su bebé ya ha crecido, requiere menos de ella y está en la guardería. Ella considera que puede salir a trabajar. Tiene meses buscando trabajo, se ha presentado —gracias a su hoja de vida— en muchas empresas para ser entrevistada y en todas, aunque le va bien en la entrevista y tiene el perfil para el cargo, al final no le dan el trabajo. En todas le piden una dedicación exclusiva y un horario que raya en el exceso. De la última entrevista recibió un correo en el que le felicitaban por su desempeño en las evaluaciones (varias), por su capacidad, pero… no cumplía con el requerimiento de un/una gerente, es decir, dar más tiempo, viajar cuando fuese necesario y quedarse un poco más si así se requiere. Estar dispuesta a trabajar más de 8 horas diarias. Ella tiene un hijo que debe retirar de la guardería a una hora específica, esa es su limitación. Para esas empresas ser mamá es una limitación. Una sutileza que es violencia.

Recordé una entrevista para un cargo importante, en una ONG de DD. HH., en la que me preguntaron sobre mi familia, cómo estaba compuesta y cómo resolvería en caso de que se presentara una contingencia que requiriera de mi presencia, pasada la hora laboral. En el momento respondí como una aspirante a conseguir el empleo, pero luego también me indigné. Dudé sobre si esa pregunta se la hacen a los hombres. ¿Cómo se resuelve en una contingencia?, resolviendo, como hacen siempre las mujeres y los hombres que también tienen familia, con su núcleo más íntimo o su pequeña red de apoyos que suele estar compuesta principalmente por la pareja, si se tiene, o por otras mujeres. Las mujeres que viven solas con sus hijos e hijas tienen la brecha de la desigualdad ampliada, si no cuentan con una red de apoyo de mujeres, familias o amigas cercanas, mucho más.

Una política social

En el caso de las mujeres de clase media y alta, la responsabilidad puede disminuirse pagando una niñera que cuide de sus hijos o hijas y le ayude en la cotidianidad de la vida en el hogar. Pero eso es solo un sueño para las mujeres pobres y mucho más para las que viven en países dependientes, en los que el salario es irrisorio para el gasto de vivir.

La red de apoyo para la maternidad debería ser social. La maternidad debe salir de la privacidad y de la individualidad de las mujeres. Los hijos e hijas son para la vida y para la sociedad, su crianza, su cuidado y protección debería ser una responsabilidad colectiva y social. El Estado debería ofrecer los espacios de cuidado de los niños y niñas para que las mujeres madres puedan trabajar, con una planificación que contemple las jornadas laborales, con una calidad que le brinde confianza y seguridad a las mujeres de que serán bien cuidados y atendidos, que esos centros de cuidado infantil estén disponibles en distintas localidades y que haya opciones para elegir, según el lugar de habitación o de trabajo, con facilidades en servicio de transporte.

En 1916 Alejandra Kollontai ya había hablado de esto, no estamos haciendo un descubrimiento. A pesar de ello, es una utopía en la Venezuela de hoy.

La empresa privada y más aún las organizaciones internacionales que defienden los DD. HH. deberían tener una política de apoyo a las mujeres que son madres y que pueden llegar a ser sus empleadas. Que la maternidad, esa que nos toca por división natural del trabajo, y que se ha impuesto como destino culturalmente, no sea una desventaja o una limitación para asumir un cargo y menos si se trata de cargos de responsabilidad.

Si estas políticas no se crean, la posibilidad de cerrar la brecha de desigualdad laboral entre hombres y mujeres es solo una declaración de buenas intenciones y no pasa de ahí porque no se hacen las cosas necesarias para que las mujeres puedan ingresar al mercado laboral y puedan asumir cargos de nivel medio y alto.

La brecha de género en el trabajo puede disminuir e incluso desaparecer. Se calcula que, logrando este objetivo, el PIB de los países pueden aumentar considerablemente. Para ello debemos comenzar por asumir que la maternidad no es una responsabilidad exclusiva de las mujeres. El acceso a un trabajo no debe estar determinado por si eres madre. Las empresas, organizaciones e instituciones del Estado deben desarrollar políticas que apoyen a sus trabajadoras en la maternidad, y la lucha por trabajo y salario digno que los y las trabajadoras emprenden cada año debe incluir peticiones con enfoque de género, con miras a disminuir la brecha de la desigualdad entre hombre y mujeres.

 

Tomado de El Pitazo

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.