Apologistas del régimen, los laboratorios de matriz de opinión de la dictadura, algunas mentes inocentes o estólidas, y algunos dirigentes genuflexos que no creen en las fuerzas liberadoras del pueblo, se regodean unos, otros se horrorizan, al ver las grandes colas de vehículos en las estaciones de servicios de gasolina. Llegan incluso, temerariamente, a acusar a la ciudadanía de que este acto de pernoctar días en la calle, es un signo de resignación y conformismo a vivir en dictadura.

En lo particular tengo otra visión de los hechos y de la combativa y entusiasta naturaleza del venezolano.

La ciudadanía en las localidades y regiones, huérfanas de una dirección política con templanza en la lucha contra la dictadura y carentes de una dirigencia curtida al calor de sus sufrimientos, han optado por activar sus instintos más primitivos de resistencia y las reservas de su sustancia rebelde.

Es así como inconscientemente, desde el punto de vista político –para algunos–, pero muy consciente, desde su preservación individual-familiar –para muchos– que grandes masas ciudadanas se han echado a las calles de forma voluntaria, autónoma y espontánea, a esperar que le vendan gasolina; han protagonizado conatos aislados de protestas, refriegas, se han enfrentado al abuso de poder, las amenazas, la represión y detenciones selectivas en todo el país.

La verdad es que hay un pueblo en la calle pese a la pandemia, a la crisis económica y a los embates del clima y la intemperie. Unos ciudadanos que llegan, los corren, se van y se devuelven a las estaciones gasolineras en franco desafío son expresión de que no están resignados.

En las colas vemos ciudadanos ejerciendo la solidaridad humana entre los congregados y el impulso de descarnados debates políticos que develan el rechazo a la dictadura de hasta un 90% de los  asistentes.

En tal sentido, está observación revela que no es verdad que la gente está resignada, apática o entregada al régimen.

Si fuera así, de seguro no salieran de sus hogares, se quedaran encerrados en sus casas esperando el cese de la comedia del bloqueo imperialista o solamente se limitarían a obtener gasolina bachaqueada.

La realidad dicta lo contrario, la presencia de la gente en las bombas de gasolina es una señal de que hay una exigencia tácita, las protestas y trancas realizadas –aunque aisladas– son signos claros de la disposición a luchar; las colas de vehículos de una u otra forma obstaculizan el libre tránsito.

Las amenazas del régimen de militarizar el país reflejan el temor dictatorial a que esas concentraciones adquieran organización y se tracen objetivos. Los debates políticos que se generan allí reafirman el descontento y rechazo hacia el régimen. La gente rescata la sustancia de la solidaridad, de compartir, de unirse, de llegar acuerdos colectivos.

La ciudadanía, de forma natural y espontánea, se entrena y asimila nuevas experiencias, que de seguro le serán útiles en los próximos combates que se librarán para derrocar la dictadura.

Las colas en las estaciones de gasolina, es una protesta sigilosa por el derecho de obtener combustible.

Es una lucha por adquirir un bien material para el trabajo y la subsistencia; y que en definitiva, toda esta acción, consolida el rechazo a la dictadura y sirve de entrenamiento a las grandes masas ciudadanas.

No es de extrañar que la dictadura busque desarticular esas concentraciones. Pero si de algo hay que estar seguro es que la sabiduría popular encontrara nuevos mecanismos, métodos y estilos para rebelarse hasta que la victoria nos sorprenda.

 

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