Estamos a las puertas de un cambio de época. Lo hemos afirmado recientemente y hoy la evidencia abunda. Un cambio de época, algo más que un cambio de momento histórico. Es el cambio en el curso general de las cosas, desde lo hondo de la conciencia del ser humano hasta su circunstancia social, económica y cultural. Las contradicciones entre los imperialismos ha llegado al punto de generar contradicciones a lo interno de los imperialismos, entre sus facciones, y acercarse al borde de la guerra. El más afectado es sin duda el estadounidense.

La confrontación entre los grandes monopolios, sumado a la inevitable caída de la tasa media de la ganancia, los lleva al punto de decantarse, al menos a la fracción dominante del capital, por un modelo plutocrático abierto y absolutista. El poder político de Gobierno y Estado como ente “regulador” del capital y de sus contradicciones desde la perspectiva liberal, el Estado moderno de “bienestar” que procura la atención de los asuntos que los capitalistas no pueden atender por separado, da paso hoy a un Estado corporativo, plutocrático, monopolístico, que se aproxima al fascismo; esto es, el dominio directo del capital sobre todos los asuntos de la sociedad. Más aún, y directamente, sobre cada individuo en la sociedad y la supresión de un Estado “regulador” por el advenimiento de un Estado al servicio exclusivo de la expansión del capital. 

Si esto nos parece poco o suena a palabras grandilocuentes, la realidad hoy desborda. La censura que la corporación monopolista Twitter ha hecho a Donald Trump, pareciera un punto de inflexión. Nada qué celebrar que una corporación censure a un extremista como Trump. Pero hoy ha dicho esa facción del capital: aquí mando yo. Sin embargo, llegar a este punto implicó un trayecto que debemos tratar de resumir.

La aparición de los medios masivos de comunicación, que para Edmund Burke supuso el advenimiento del “cuarto poder”, categoría que utilizó en el debate de apertura de la Cámara de los Comunes del Reino Unido en 1787 al referirse a la prensa escrita, implicó el dominio de los medios de comunicación sobre la opinión de las masas. Tanto Marx como Lenin atribuían tal capacidad a los medios de comunicación que la primera misión como comunistas fue el establecimiento de periódicos y medios de prensa escrita favorables a las opiniones de la clase obrera, del proletariado y de su ciencia: el marxismo. Había comprensión plena de la magnitud y alcance de este “poder” de masas. Pero también lo hubo y en la misma dimensión en la clase burguesa. 

En época del imperialismo, inaugurada con la primera guerra mundial, tanto o más en la segunda, el poder de los medios de comunicación: la radio, prensa escrita y el cine (antesala de la televisión) hasta ese momento, fue un arma devastadora que implicó cambios determinantes en el curso de los acontecimientos. La revolución bolchevique, el triunfo de Hitler y Mussolini en Alemania e Italia, el triunfo posterior de la Urss sobre Alemania nazi, la victoria final de los Aliados, todos están abundantemente signados por el poder de la comunicación de masas. 

Era un cambio de época y así, el capital y los regímenes establecidos hasta hoy, impusieron el poder de la comunicación sobre la opinión de las masas haciéndola, si no mayoritaria, disfrazada de tal y moldeando a su favor el curso general de los cambios políticos; limitándolos, encausándolos, logrando en muchos casos evadir circunstancialmente el desenlace revolucionario de sus crisis cíclicas y en general evadiendo el encausamiento de la crisis general que produce la sobreexplotación de los trabajadores, hacia las revoluciones sociales, inevitables aunque postergables. Encontraron una “máquina del tiempo” para extender un tanto su agonía, y con ella, la agonía de la humanidad por superar la explotación de unos a otros.

Las redes sociales

El advenimiento de las llamadas Redes Sociales lleva este dominio a una escala jamás vista e implica, como han afirmado muchos, un cambio de época que no ha tenido un desenlace, un punto de inflexión. Ya no se trata del dominio sobre la opinión pública y la influencia general en la sociedad, sino el dominio directo sobre el pensamiento de cada individuo en la sociedad. Este “pequeño” cambio tiene implicaciones de todo tipo; sociológicas, políticas, culturales, pero y sobre todas las anteriores, económicas. El dominio y control del capital sobre los instrumentos de control del pensamiento al detal, se convirtieron en una carrera brutal. La conformación de oligopolios fue inevitable. 

Desde Microsoft y Google hasta Facebook y Twitter, todas han centralizado el dominio sobre este instrumento en sus manos, que más allá del poder económico que ejercen sobre el resto de corporaciones, decidiendo qué se consume y qué no en la sociedad y por tanto determinando cuál corporación sobrevive y cuál no, han dado paso al control casi absoluto y plutocrático sobre qué se piensa en la sociedad. Hoy no se trata de controlar lo que se dice masivamente y con ello la incidencia en lo que se piensa socialmente, como acostumbraba el mass media tradicional. Se trata del control que ejerce una corporación sobre lo que piensa cada persona, la programación del pensamiento y de determinadas ideas en forma directa sobre los individuos. No es el control de la información, hoy en segundo plano, sino el control directo de lo que se consume como información, y el pensamiento derivado de este patrón de consumo, programado por la corporación. La derruida “opinión pública” ha sido sustituida por “el algoritmo”, que nos prestablece qué ver, oír, leer, preguntar, consumir, conocer y hasta amar.

China, un imperialismo joven y en fase de expansión planetaria, que aprovechó la inevitable caída de la tasa de ganancia de los capitalistas (que sin ambaje realizaban inversiones directas en su economía) para consolidarse mediante la superexplotación de su población como una potencia económica hoy en disputa por la primacía mundial, hizo lo propio. Las redes sociales WeChat, QZone, Baidu Tieba, Youku, Sina Weibo, entre otras, han alcanzado el dominio total de las redes sociales a nivel de China y han alcanzado hasta el cuarto puesto en el ranking mundial en penetración social por número de usuarios activos por mes. El modelo se ha impuesto de forma planetaria. Las redes sociales chinas, al igual que en el mundo occidental, son corporaciones monopólicas privadas que determinan por la fuerza del pensamiento impuesto, qué corporación, qué capital sobrevive. La ideología dominante es la ideología de la clase hegemónica y hoy, dominante los monopolios y sus «parientes ampliados» los oligopolios, su ideología se hace dominante. Pero el modelo chino lo tocaremos más adelante. 

Nadie escapa hoy de esta unificación absoluta entre el interés económico y el control directo del pensamiento humano, abordado hoy de forma personal y directa. Desde Google/Android con los dispositivos que hoy usamos permanentemente, hasta las comunicaciones entre individuos y grupos sociales, todo pasa a estar sometido por el control del Gran Hermano que Orwell en 1984 atribuía socarronamente a Stalin, heredado luego por el posmoderno ojo vigilante orwelliano de Foucault, quien avistaba erróneamente el peligro más en el Estado capitalista moderno que la hegemonía plutocrática a la que asistimos hoy. 

Pues resultó que ese poder está en manos de las corporaciones planetarias ultracapitalistas actuales, figuradas en el fallecido Steve Jobs o el muy vivo Mark Zuckerberg, más que en un comunista vintage como Stalin, un keinesiano liberal demodé como Roosevelt o un dirigente “extremista” de la magnitud de Mao. Ante estos, Trump y Biden, Xi o Putin, son apenas representantes prescindibles y demostradamente desechables, dados los últimos acontecimientos. 

La contradicción hoy estalla entre los que desde el capitalismo claman una salida conservadora, proteccionista y sobrexplotadora, tradicional pudiera decirse, del modelo de explotación capitalista en busca de resolver su crisis inevitable de “rendimientos decrecientes”, para utilizar la figura liberal clásica de la economía política, y quienes han encontrado en el modelo oligopólico y plutocrático chino y ruso, una fórmula magistral de fusión del capital y el Estado en una unidad de acción y pensamiento. Aquí está un aspecto esencial en el gran cambio de época y por eso soplan tan fuertes los vientos de la guerra. 

El nuevo fascismo

La tradición teórica e histórica del fascismo/nazismo da cuenta de una idea de Estado corporativo, expresión del capitalista total ideal en tiempos de crisis. El fascismo es la “cara fea” de la voracidad del capital, las garras desesperadas del capitalista que se aferra a la cima cuando cae inevitablemente la circunstancial ganancia excesiva producto de la cada vez más difícil sobrexplotación de la clase trabajadora. No hay un Estado burgués que no apele al fascismo para defenderse de la crisis cíclica, a momentos terminal en algún eslabón débil según cada momento histórico. La fórmula magistral descubierta por los capitalistas, que se hicieron en Europa la vista gorda ante el avance de los Hitler, desde el Asia de Hirohito hasta la España de Franco, fue el fascismo italiano y alemán. 

La alquimia fue crear un Estado corporativo al servicio de la facción hegemónica del capital industrial, que no solo garantizaba la unidad de todos los capitalistas en torno de una misma política bajo la autoridad militar, sino que aseguraba el control absoluto de la sociedad para evitar la inminente revolución. Mientras Chamberlain miraba pajaritos, Hitler avanzaba, “a paso de vencedores”. Muchas corporaciones y Estados capitalistas veían hasta con agrado este avance. Luego, el fascismo ítalo alemán pretendió, como en realidad sucedía, desplazar a otros imperialismos de sus “patios traseros”. Fue entonces cuando oyeron el llamado desesperado de los bolcheviques. Jugando por carambola a su derrota prematura, terminaron por aceptar la razón de los soviéticos de que el fascismo se había colocado “más allá del capital”, por encima de este, y se había convertido en un peligro para toda la humanidad.

Pero la fórmula se mantuvo intacta. El capitalismo la utilizó repetidamente en cada revolución en ciernes. Argentina, Chile, Venezuela, Centro América o casi toda África, por mencionar algunos, padecieron dictaduras de corte abiertamente fascista, bajo el amparo del imperialismo triunfante de la posguerra. No fue desechada la fórmula hitleriana, sino morigerada y controlada de mejor forma, puesta a su servicio, mientras desataban una feroz guerra ideológica contra los soviéticos y se apoyaban en el enemigo interno, que resultó ser más exitoso que todas las batallas: el Estado burocrático, el Estado revisionista, que había desplazado a la Asamblea (soviet) y a la participación real de los trabajadores. El partido devenido en Estado por encima de las masas y los trabajadores; tan advertido como peligro por el propio Stalin, quien fue llevado luego a la muerte política por la infalible trampa del endiosamiento, ejecutado por su propio partido y disfrazado de ultracomunismo, para luego “arrepentirse” del líder al que habían sobredimensionado adrede anteriormente. 

Hoy, el capital descubrió en el despotismo asiático, particularmente el chino, un ingrediente para una fórmula mucho más avanzada en la que el Estado está alineado absolutamente al monopolio hegemónico. La época de los monopolios, permitidos discrecionalmente por el Estado capitalista como representante de la clase hegemónica, abrió paso a una plutocracia absolutamente imbricada al poder total sobre la sociedad, en la que el ejercicio directo del poder por parte del capital y sus grandes corporaciones, es casi absoluto y es expedito. Hoy no es el Estado chino el que se acopla a los intereses de sus grandes corporaciones ni es un instrumento de regulación de sus contradicciones (aunque algo de ello ejerce), sino que existe una sincronía y unidad de acción de ambos en el ejercicio del poder y su expansión económica y política global, y en la fórmula de dominio en general sobre los asuntos de la sociedad. La correspondencia entre la política exterior china y de sus corporaciones, es unívoca.

El nuevo tipo de Estado inaugurado por China y Rusia, país que heredó el vital ingrediente de la cultura corporativa de un capitalismo de Estado, que se apoderó del Estado socialista y lo devoró hasta someterlo en su totalidad al dominio del capital corporativo, es la fórmula resultante de este neofascismo, igual de hegemónico y absolutista como el tradicional, pero más efectivo, con mejores herramientas, con más capacidad de mimetización y maniobra, más eficiencia y eficacia en el proceso de explotación y una capacidad de evasión más experimentada frente a la caída inevitable de la tasa media de la ganancia. La restauración plena y aplastante del capitalismo en los Estados previamente socialistas, trajo consigo una experiencia y capacidad mimética invaluables, a la cual escapan hoy los imperialismos del eje occidental. Pero no todos (ni todas sus facciones) han evitado asimilar la experiencia.

Esta contradicción entre capitalistas conservadores y los nuevos monopolios y/o oligopolios, venidos a más casi todos bajo el modelo asiático y ruso del nuevo Estado corporativo, o la nueva corporación/Estado, ha encontrado cauce en el marco de la crisis general del capitalismo estadounidense. Trump es expresión de ese capitalismo imperialista tradicional y anquilosado, que proclama conservar su patrimonio y requiere de un modelo de protección de su capital en el sentido nacional que existe en cada imperialismo. El make America great again, que no es la aspiración de los otros, make America more than ever. Los “jóvenes” dueños del oligopolio conformado por Facebook, Google, Twitter o Microsoft (hasta cierto punto), han encontrado la conjunción de estos dos elementos (el Estado corporativo del modelo asiático y ruso, junto al poder que han desarrollado de control total sobre los asuntos humanos, económicos y sociales) como su motor e inspiración. De esa teta se amamantó su capital, encontrando en la sobrexplotación asiática (la baratura de costos de producción de sus principales productos y/o vectores de capital, como las computadoras o los teléfonos celulares) la principal fuente de su inversión originaria y la expansión comercial posterior. Años de aprendizaje de ese nuevo modelo socioeconómico de explotación, heredado de las grandes experiencias históricas de restauración capitalista. 

El «dilema del capital» y el control humano

Nada qué celebrar por nadie con la censura sobre el troglodita de Donald Trump. Si bien el haber establecido medidas de freno al avance fascista en Austria, Alemania, Italia, hubiera prevenido eventualmente el advenimiento del fascismo en la preguerra de principios del siglo pasado, como planteaba correctamente Dimitrov en 1935, hoy las redes sociales se sienten dueñas del mundo y deben demostrar su poder, el poder de decidir quién los representa ante el Estado, hasta el punto de convertirse ellos mismos en el Estado, con su propia moneda y hasta con su propio lenguaje (Libra de Facebook, aún en ciernes. Un proyecto rechazado por Trump). Se sienten dueños del planeta y ese poder lo van a ejercer en beneficio propio, tal como los fascistas de otrora. 

Las contradicciones interimperialistas hoy se hacen dominantes y con ella las contradicciones entre las facciones del capital, sobre todo en los Estados imperialistas en declive. Desde el fenómeno Brexit hasta el fenómeno Trump, pasando por el aplastamiento de los Estados capitalistas coloniales del Medio Oriente hasta el advenimiento del absolutismo iraní o turco, disfrazados de religión o no, asistimos al incremento de la pugnacidad entre capitalistas, similar a la crisis que dio cauce a dos guerras mundiales el siglo pasado, pero con el añadido de estar aceleradas por una pandemia global que amenaza a la especie humana por igual. 

Pero justamente las condiciones de pandemia, la necesidad de distanciamiento social, han hecho más efectiva la herramienta de control social y económico de las redes sociales y de sus oligopolios. Una crisis de salud, consecuencia justamente de este modelo de sobreexplotación humana y de privilegio de la ganancia por encima de la existencia, de la acumulación por encima de la humanidad, es su principal resorte. Y lo han estirado a su extensión máxima para asegurar el firme impulso de su idea hegemónica absoluta. Algo de esto encontramos claramente plasmado por sus propios precursores, hoy detractores arrepentidos y víctimas, en la serie de Netflix “El dilema de las redes sociales”.

Este 2021 China se abre paso en el planeta con la conectividad 5G, que le permite un control extensivo y en tiempo real sobre áreas de la producción, la circulación y el consumo. El lanzamiento de satélites 6G y más reciente enlace de satélites cuánticos y un sistema de comunicaciones de velocidad inimaginable, abren las puertas del control casi absoluto de la información, el conocimiento y la humanidad toda, pero, sobre todo, del surgimiento de una tendencia hacia la hegemonía planetaria por parte de las corporaciones y los oligopolios; por encima de los Estados, de las naciones y de la sociedad toda. 

Las naciones están en cuestión, incluso para China misma. En ese modelo de Estado Corporativo o Corporación/Estado, la elevación a niveles nunca vistos del capitalista total ideal que Engels veía en el poder del Estado moderno capitalista, ha avanzado hacia una fórmula de integración total entre la esfera de la producción en general y el ámbito del control social. La unidad de acción del capital y el ejercicio del poder político. Ni Hitler soñó con un poder de tal magnitud y extensión. Ni sus socios capitalistas y financistas. Tampoco quienes dejaron cursar su advenimiento, arrepentidos luego de su error.

Sin embargo, es inevitable que las contradicciones (sobre todo entre capitalistas y entre imperialismos) den espacio a las luchas por la liberación. Los resquicios que deja este enfrentamiento son nunca mejores espacios para el surgimiento de corrientes avanzadas del pensamiento y la acción. Los trabajadores son las primeras víctimas de este aumento en la explotación global del hombre por el hombre. Y son a su vez sus principales sepultureros. Enterrar las redes sociales y las corporaciones, volver a encontrar el contacto humano como vehículo de construcción de redes orgánicas reales, de fuerza humana objetiva, es un reto enorme para la especie humana, hoy asediada por dos causas de un mismo fenómeno: la crisis general del capital. Sin embargo, los resquicios que deja el poder más absoluto que pueda existir, siempre son suficientes para avanzar. Las propias redes pueden ser instrumentos de redención tras adquirir conciencia plena de su uso. La especie humana no se suicidará por más poderoso que pueda parecer el poder que la somete circunstancialmente. Es el poder de cada vez menos individuos sobre una extensión cada vez mayor de personas, dispuestas siempre a rebelarse. 

Hoy, los trabajadores del mundo enfrentan el reto más grande que le ha tocado a la humanidad, más peligrosa que esta y dos pandemias más: salvarla del intento del linchamiento total del ser humano, tal y como lo conocemos hasta hoy. Las retóricas de un policía como Orwell hasta las extraordinarias obras futuristas y escépticas de Huxley se quedan en pañales frente al reto que enfrenta la humanidad ante el totalitarismo del capital corporativo y particularmente de los monopolios y oligopolios sobre el resto de las clases, incluso sobre otras facciones del capital. 

Venezuela, en el epicentro de esta vorágine, puede marcar rumbo. La apreciación de unos buenos investigadores sobre la importancia geoestratégica de este país para China y para esa facción del imperialismo contemporáneo, dan cuenta de esto. Pero no habrá negociación posible porque no hay una fuerza similar con la cuál equilibrar el “negocio”. Es libertad o muerte lo que queda en el horizonte y no precisamente por elección. Pero, sobre todo, requerimos comprensión plena de la circunstancia mundial a la que asistimos. Comprender para avanzar. Y querer avanzar para salvarnos.

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