Sin dudas, un asunto controversial. Hay condiciones como para que continúe la recuperación económica, con apenas el desarrollo que supone la acumulación de capitales, entendida como la formación de dos clases sociales y limitada concentración de capitales. Acumulación simple, en el mejor de los casos. Aunque el monopolio de Polar crece y se fortalece.

Estas cuestiones no pueden ser estudiadas desde la perspectiva vulgar del pensamiento económico. Tampoco haciendo prevalecer el interés político por encima del rigor científico. Al parecer, cuando se afirman cuestiones que lucen “positivas” para la economía, se tiende a negar cualquier posibilidad de que esta recuperación sea real. Asimismo, hay quienes ven la situación de manera automática cuando piensan que las crisis capitalistas —al destruir fuerzas productivas en grandes proporciones— conducen inexorablemente a la destrucción de las relaciones imperantes. Lo que ha resultado una y otra vez infructuoso: mientras no haya quien las entierre, pueden sobrevivir. Y aun así, siendo superadas las relaciones basadas en la explotación, pueden restaurarse. En la dialéctica del desarrollo impera aquello de la regresión.

Algo así sucede en Venezuela. El chavismo ha llevado al país a una crisis catastrófica. Ha habido condiciones suficientes para la superación de este régimen. Pero no ha habido una dirección política que oriente a los millones de venezolanos dispuestos a derrocar la tiranía.

En este caso, partiendo de la consideración cierta de que el régimen chavista ha destruido la economía venezolana en una proporción sin precedente alguno a escala mundial, no ha podido ser superado. Solamente en los países que han sufrido confrontaciones bélicas de grandes proporciones se han producido crisis como la ocurrida en Venezuela. En unos casos, tales crisis han conducido a cambios importantes, algunos de ellos radicales.

Las medidas tomadas por los estadounidenses y europeos, así como buena parte de quienes integran sus respectivos bloques imperialistas, se produjeron luego de que la economía fue destruida. Por lo tanto, no son estas cuestiones las que determinaron la crisis venezolana. Ya en desarrollo, ciertamente la profundizan. La erosión del aparato productivo, sobre todo del sector industrial, si bien comienza en 1989, con el chavismo va a alcanzar su máxima expresión. De allí se desarrolla una crisis sin parangón. La incorporación de Venezuela a Mercosur y las relaciones estratégicas con China y Rusia, junto a la ineficacia y la corrupción, forman un todo que cumple bien la tarea. La caída de los precios y la producción de crudo la llevan a la escala alcanzada de desastre.

Las contradicciones del capital son las mismas. Se agudizan por momentos. Se atemperan en otros. Pero prevalecen siempre. Hasta pueden entrar en un estado de latencia tal que permiten suponer que la sociedad se encuentra en estado de paz. Pero no. Las contradicciones estarán presentes mientras prevalezcan las relaciones de producción basadas en la explotación del trabajo humano y la propiedad privada de los medios de producción.

El crecimiento económico que vive Venezuela supone el desarrollo de la acumulación capitalista bajo la premisa de que, en general, se mantiene la misma composición de capitales. Solamente los capitalistas monopólicos vinculados al capital financiero, o una de sus expresiones, pueden haber incrementado su composición. Tanto, que han logrado absorber buena parte de la producción de rubros diversos, sobre todo en el sector de alimentos. Destaca, claro está, el grupo Polar. De resto, la composición se ha rezagado en relación con la que impera en la mayoría de los países latinoamericanos. De allí la pérdida de competitividad de la producción nativa frente a la importación. Estas tendencias se mantendrán en 2022. Por lo que pudiese haber más crecimiento. También un poco más de concentración de capitales y por ende algo más de desarrollo. Pero no tanto como para competir.

El empleo que se ha venido desarrollando es correspondiente con lo antes señalado. Principalmente ha crecido el empleo por la vía de estrategias de supervivencia, expresado en que más de 85 % de la gente empleada se encuentra en el sector informal o por cuenta propia. Se trata, en el mayor de los casos, de trabajo simple. O bien artesanal. O de ejercicio libre de la profesión y el oficio.

El flujo de dólares inyectado a la economía ha permitido alguna escala de capitalización. Ese flujo va a seguir incrementándose. La minería se ha convertido en una fuente de divisas, con todo y que su producción y comercio se realizan con base en procedimientos ilícitos. Pero, al encontrar caminos expeditos se seguirá afianzando la tendencia a mantener el secreto de las informaciones sobre montos obtenidos y cuánto de eso ingresa a la economía. Procedimientos que estimulan una corrupción sin precedentes.

La dictadura ha sabido sacar provecho de estas nuevas circunstancias. Por su parte, la oposición, entendida como colectivo, no logra levantar una propuesta alternativa que despierte entusiasmo en los venezolanos. Es más, la mayoría de los factores de la oposición comparten las políticas liberales del Gobierno. Se entusiasman con las zonas económicas especiales al estilo chino. Sueñan con hacerse del Arco Minero bajo la desregulación absoluta que garantizan las leyes aprobadas por la dictadura. De allí que la denuncia ha dado lugar a la complacencia. Lo que merma aún más la eficacia de las políticas contra el régimen.

La administración de Maduro ha logrado aprobar instrumentos y orientaciones sin crítica alguna por parte de la oposición. Esta actitud facilita esos caminos, que terminan por incentivar un crecimiento con mayor dependencia. A lo sumo, los factores hegemónicos de la oposición apenas lanzan uno que otro cuestionamiento a la dictadura, pero es poca la pegada. Sin embargo, para ser gráficos: “Estos son los bueyes y con ellos hay que arar”, como dice el refrán gallego.

Son muchos los problemas de los venezolanos y del país. El hambre, el desempleo, los bajos salarios, la crisis de los servicios, entre otros, siguen haciendo insufrible la vida en Venezuela. De allí que se siga afianzando el deseo de muchos por migrar en busca de alguna salida frente a la penuria. El leve crecimiento económico, la disminución de la inflación, la relativa estabilidad del precio del dólar, pueden atemperar pero no anular el descontento. Por lo que hay que apurar el paso y confiar en la disposición de los venezolanos no solamente a huir, sino a pelear.

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