Si de algo puede jactarse la dictadura venezolana es de su capacidad de innovación. Desde el período de Hugo Chávez, en Venezuela se hace historia en la diversificación y creatividad para la maldad, la estafa y la trasposición de responsabilidades. Nacidos de un engañoso y falso reconocimiento de “responsabilidad” con el histriónico “por ahora”, los mandamases venezolanos ahora buscan que la tortura no se descargue sobre sus hombros, sino sobre quienes padecen la ignominia y el peso de la pobreza y la destrucción nacional: los delincuentes. Son estos su nuevo brazo ejecutor.

Cuando Alcides Bracho, docente y artista plástico, fue secuestrado, pensó lo peor. Aquella mañana del 4 de julio un puñado de hombres armados y vestidos de negro irrumpieron con tanta violencia dentro de su casa, que el recuerdo de las muertes del capitán Acosta Arévalo o la de Fernando Albán pasaron por su mente como una posibilidad.

Militante del opositor partido Bandera Roja, organización con una larga historia de líderes perseguidos y asesinados por varios gobiernos, Alcides desde muy joven ha previsto la factibilidad de la cárcel. El poder político no perdona la lucha contra su ignominia.

Estaba solo con sus cuatro hijos pequeños. Regaba las plantas del patio y no esperaba un allanamiento, mucho menos mediante el engaño de su propio vecino, quien ayudó a los funcionarios confundiendo a Alcides con hacerle una visita. Cuando abrió amablemente la puerta, irrumpió con toda fuerza la tropa policial.

Alcides narra que durante aquellas horas en las que sus hijos fueron abandonados a su suerte en el kilómetro 12 de El Junquito, él fue llevado a un lugar que aún no logra identificar. Algún centro de torturas, lúgubre y sombrío, en el que un interrogatorio violento le dio pistas de lo que buscaban los empistolados. Golpes secos, intensamente fuertes y en la base posterior del cráneo, como con una especie de manopla metálica acolchada, retumbaron en su lóbulo frontal. Entendió de inmediato que buscaban no dejar huellas de maltrato ya que en esa zona no se dejan marcas tan evidentes.

Con dos días de desvelo y amenazas, a Bracho lo trasladaron a la sede policial en la que está actualmente, la Zona 7 en Boleíta. Ahí se percata de que la tortura no será la misma. No habrá interrogatorio con descargas eléctricas en una celda helada, como podía imaginar. Lo ingresaron en una pequeña jaula, hacinado junto a los delincuentes más peligrosos que puede haber en una sede policial caraqueña.

Los cuerpos de los prisioneros estaban tan juntos que era imposible no tocarse unos con otros. Ahí, apiñado en el vaho espeso de la droga que los mismos policías dejan circular, sudando los más de 35 grados de calor y envuelto en el odio y la psicopatía de todo tipo de delincuentes, los funcionarios les hicieron pensar a los “compañeros” de celda que Alcides era policía. Así, dieron pie al comienzo de la nueva fase de torturas. Pero la mano criminal ya no fue la del Estado, sino la de su más fecunda creación: el lumpen.

Sin ser jurista, puedo suponer que en una corte es más difícil probar, de haber muerto Alcides Bracho a manos de un puñal o por la terrible golpiza que le dieron los delincuentes, que los funcionarios policiales y quienes gobiernan fueran responsables directos del crimen. En todo caso, se diluiría la responsabilidad y así, el régimen se “salvaría” de perder a alguno de sus funcionarios policiales, acusado de tortura. Los perpetradores serían delincuentes ya condenados, “desechables” para estos efectos. Este ha sido solo un aspecto del procedimiento violatorio del derecho al debido proceso, aplicado a los 6 detenidos entre el 4 y el 7 de julio de este año. Todos luchadores sociales y cuatro de ellos militantes políticos de un partido opositor, entre ellos Alcides, ahora padecen una nueva forma de tortura, material de exportación.

Sin embargo y pese a lo degradante que implica para un docente adaptarse a una cotidianidad de sobrevivencia con lo más descompuesto de nuestra sociedad, no doblegaron el espíritu de lucha en Bracho, quien ha autorizado a denunciar progresivamente su riesgosa y grave situación.

Tomado de El Pitazo

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