Mayo. Mes de flores y de la clase obrera, de la brisa y los papagayos, extremo norte de la temporada de sequía, frontera sur, sedienta, de la temporada de lluvia en Venezuela. Fue ese mes en el que Sairam Rivas conquistó un nuevo triunfo en el certamen de belleza en República Dominicana. “No lo gané pero quedé como primera finalista, y yo creo que fue porque me extendí mucho en la parte de las preguntas”, me dijo por teléfono. Acababa de llegar de su concurso y ya desesperaba por reunirse. “Hay mucho por hacer en la universidad”, dijo. 
Una beca de inmerecidos 400 bolívares era la asignación que los estudiantes, saliendo bien en sus estudios, podían llegar a percibir en la Universidad Central de Venezuela si lograban ser beneficiados entre los miles de solicitantes. Sai asumió la idea de proponer un proyecto de Ley de Protección y Bienestar Estudiantil ante la Asamblea Nacional que finalmente redactó junto con Daniel Enríquez, dirigente de la ULA y otros compañeros. Tenía como tarea convencer al movimiento estudiantil y a los dirigentes de las FCU sobre la necesidad de luchar por una atención integral y decente para los universitarios, pero algunos la desestimaron. Les propuso una lucha y les sugirió una consigna surgida de la UJR: “Una beca igual a un salario”, que otros dirigentes (algunos tímidamente) asumieron. 
Ahí comenzó una nueva batalla. En ese mismo mayo en el que los trabajadores veían pasar el cadáver de su salario en un diminuto aumento, Sai había entusiasmado a varios dirigentes en esa idea y daba inicio a un conflicto universitario en el que, y pese a su desacuerdo con la negociación alcanzada finalmente, se conquistó luego de duras jornadas una nueva beca de apenas 1200 bolívares para los estudiantes. 
Durante toda esa refriega Sai vio por primera vez la cara de la violencia sobre su propio cuerpo. Los habituales malandros del gobierno inscritos en la UCV para sembrar terror, se valieron de otras mujeres prevalidas de artes marciales para atacarla a puñetazos. Fue duramente golpeada en su propia escuela y amenazada de muerte si regresaba a las aulas de clase. Sai regresó a su salón al día siguiente, caminando con cabeza erguida, como enseña bien el modelaje y también la ética de una verdadera revolucionaria. Tuvo miedo, pero se sobrepuso. 
“No podemos avanzar en la conquista de los derechos de los estudiantes con esta dirigencia gremial. Tenemos que cambiarla”, dijo Sai en una reunión juvenil de su partido. Veía con preocupación un liderazgo radicalmente distinto al que conquistó las providencias estudiantiles, los autobuses, Fames; al que conquistó el pasaje estudiantil, a esa dirigencia que otrora dio su vida y sangre por la libertad y la democracia; los veía distintos a Belinda Álvarez, presidente asesinada del Centro de Estudiantes de su escuela y cuyo nombre está inscrito en Trabajo Social. Sai veía un liderazgo distinto al que ella soñaba representar. Esa preocupación marcaba el rumbo de un nuevo reto: construir un movimiento estudiantil genuinamente universitario, autónomo, auténtico, cuyos motivos y valores se inflamaran de justicia y no de moneda corriente. Una muchachita de estética impecable y nariz naturalmente respingada, se propuso como meta el interés colectivo por sobre la vanidad juvenil. No se podía menos que estar orgulloso de permanecer en su entorno (ya no tan cercano); como cuando se ve a un hijo comenzar a caminar, y alejarse cada vez más hacia el mundo. 
Para octubre del año pasado (2013) hubo un encuentro muy importante para Sai. Fue invitada a una reunión de análisis del Comité Político Nacional de Bandera Roja. Estaba tan entusiasmada que estudió varios materiales “para ir preparada”. Ahí se bosquejó en el debate la tendencia hacia una rebelión democrática y popular frente a la miseria y el engaño al que había sido sometida Venezuela durante más de 15 años. Sai se preocupó mucho por hablar, por exponer sus puntos de vista, con la autoridad de una dirigente, con la dedicación de una intelectual. Sai dijo que era el momento de la juventud, que era el momento de darlo todo por Venezuela, que lo que venía ella lo presentía fuerte, y que para ello se necesitaba firmeza y coherencia en la ruta, en la dirección y en la unidad de todos. Se convenció finalmente en el debate sobre la necesidad de un programa de reconstrucción para Venezuela. Se encontraba asumiendo una responsabilidad que uno jamás espera descanse en un joven, pero que inexorablemente la historia se empeña en imponernos como norma: ser el futuro del país y tener que conquistarlo por sí mismo. Tenía un nuevo proyecto de vida: Venezuela…

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