El nombramiento del nuevo ministro de economía productiva Luis Salas nos lleva a leer sus propagadas-tesis contenidas en el folleto editado por la editorial El perro y la rana, titulado 22 claves para entender y combatir la guerra económica. Un primer juicio es que se trata de un batiburrillo que resume ignorancia e incoherencia. Aun cuando estamos alejados del estilo del debate político que se ha impuesto en Venezuela —basado en la diatriba encendida y estridente, pero a la vez escondiendo los principales problemas del país—, analizar las letras contenidas en el escrito del nuevo ministro de economía Luis Salas nos lleva a esta dura sentencia, que nada tiene que ver con el sainete de marras: en este escrito se aprecia claramente un desconocimiento sobre cuestiones fundamentales y de primer orden de la economía y, por tanto, de los problemas nacionales.

Hay que hacer un esfuerzo adicional para comprender lo redactado en el folleto en cuestión. Se convierte, sí, en un alerta que nos permite asegurar que —de adelantarse una política económica basada en estas ideas— se profundizará el desastre que vive Venezuela. Arranca la clave número 1 con un claro desconocimiento acerca de la inflación. Dice el autor:  La inflación no es una distorsión de los mercados. Es una operación de transferencia de los ingresos y de la riqueza social desde un(os) sector(res) de la población hacia otro(s) por la vía del aumento de los precios. En lo fundamental, esta transferencia se produce desde los asalariados hacia los empresarios, pero también desde una fracción del empresariado hacia otra fracción de los mismos.
Eso lo genera la inflación pero no la define. La inflación es producción de papel moneda sin respaldo. Sólo eso. De allí la necesidad del equilibrio fiscal con base en el crecimiento y desarrollo económico y no en la reproducción de papel moneda. No distingue el autor la diferencia entre papel moneda y dinero. Apenas señala una consecuencia: la afectación en la distribución de la riqueza en favor de unos capitales, los que más centralización han alcanzado, no concentración como señalara el autor. La inflación empobrece a los trabajadores y conduce a más explotación del trabajo. Por ello la inflación es una tendencia dominante en el régimen de producción capitalista. Pero la responsabilidad de la inflación la tiene el gobierno que emite papel moneda sin hacer nada por el crecimiento y desarrollo económico del país que permitirían que la cantidad de dinero circulante esté en correspondencia con la masa de bienes y servicios a ser transados, con lo que no habrá incremento de los precios vía inflación. Para que esto sea así se debe cumplir con el principio según el cual: “… la emisión de papel moneda debe limitarse a aquella cantidad en que sin él circularía necesariamente el oro (o la plata) representado simbólicamente por ese papel” (Marx, El capital, tomo I, capítulo 3).
No ubica el autor que una cosa es inflación y otra aumento de precios. La inflación es aumento de precios, pero no todo aumento o disminución de precios es inflación o deflación. Este error en el que incurren muchos economistas —algunos sin reflejar tanta ignorancia como en el caso que nos ocupa— crea confusión y nos aleja de otros problemas. 
Es por ello que, bajo esas premisas, el autor se mete en otras ideas erróneas cuando afirma en la clave 2 que: “… de lo que estamos hablando es de especulación, usura y acaparamiento”. No ubica el novel ministro que las inexorables leyes del capitalismo —tan sólidas como las que se cumplen en otras formas en que se expresa la materia, valga el caso de la ley de la gravedad— conducen a la realización de estas tendencias. La inflación, que es una responsabilidad exclusiva del gobierno, conduce a una presión de demanda ya que la gente busca salir del dinero y hacerse de bienes para proteger un tanto sus ingresos. Esa presión de demanda hace que suban aún más los precios. Esto es, se crean condiciones para que la especulación se afiance. Recordemos que uno de los componentes fundamentales de la economía capitalista es el principio según el cual todo comerciante busca comprar barato para vender caro. Si las condiciones del mercado le permiten vender muy caro y obtener jugosos beneficios, pues, bien, lo hace. De allí que el principal estímulo de la especulación proviene del gobierno. Además de que sabemos que quienes han estimulado y hasta organizado a los bachaqueros son los mismos agentes políticos del gobierno. El comercio del cemento, para poner un ejemplo, es controlado por el gobierno, su precio se incrementa en la intermediación a escalas insólitas. En Nueva Esparta, por ejemplo, un saco de cemento cuesta dos mil bolívares. Bajo control del gobierno.  

Sumemos que, como resultado de la política económica erosiva del aparato productivo durante este largo período, se han creado niveles de escasez nunca alcanzados en la historia moderna de la economía venezolana. A la presión de demanda producto de la inflación se suma la de esta circunstancia. La escasez, la inflación y la vigencia de tres tipos de cambio oficiales, más el mercado paralelo, hacen que los precios sean propios de la especulación. La guerra económica la adelanta el gobierno. No sólo es el responsable, también la alimenta y muchos de sus agentes le sacan beneficios.

En las claves número 3 y 4, Luis Salas hace gala de su idea subjetiva en relación con el asunto de los precios. Desde la perspectiva de Marx el asunto es a la inversa a como lo aprecia Smith, en el sentido de que el afán de lucro es el resultado de la función de la producción capitalista. No es el afán de lucro lo que determina la función de la producción y las relaciones capitalistas. De la condición objetiva que supone la producción de plusvalía, junto a otras leyes del desarrollo capitalista como el comportamiento de la cuota de la ganancia, emerge una forma de conciencia en correspondencia. De tal manera que las determinaciones del precio obedecen al valor de las mercancías y no al afán de lucro. Es un hecho objetivo. Sus fluctuaciones obedecen a la relación entre oferta y demanda. Circunstancia que, en condiciones normales de una economía burguesa, se presenta de manera transitoria. Hablamos de una economía productiva.
Remata en la clave 5 con esta perla: “La inflación no existe en la vida real”. Idealismo grosero que parece ser burla de lo que viven los venezolanos cuando van a comprar cualquier mercancía. La inflación es una de las formas como se expresa el incremento de los precios como resultado de la emisión de papel moneda sin respaldo lo que hace que el signo monetario pierda su condición de equivalente universal.
Pero la incomprensión o ignorancia al respecto llevan a que el nuevo ministro llegue a la conclusión en la clave 6 de que: “El control de precios en los mercados es un falso problema porque en los mercados los precios están controlados: en realidad, cuando los economistas se refieren al control de los precios como problema, se están refiriendo al control de precios por el Estado”. La ley del valor establece que el precio se determina en torno del tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de un bien. Cuando la fuerza de la oferta y la demanda de un bien se encuentran anuladas, el precio se sitúa en torno del valor. Por ello la idea del precio justo es una cosa tonta. En el precio de una mercancía se incluye a) lo correspondiente al pago del salario de los trabajadores, esto es, el capital variable en el que invierte el capitalista; b) lo atinente a los medios de producción; y c) la plusvalía de la que se apropia el capitalista en su condición de dueño de los medios y del proceso de trabajo y producción. No es el oferente quien determina los precios. Es un hecho objetivo. Por eso es que la teoría objetiva del valor —cuyos padres son William Petty, Smith y Ricardo y que fue elevada al mayor rigor científico por Marx— parte de la premisa de que es el trabajo lo que determina el valor de la mercancía. No es la idea metafísica mercantilista de que el mercado determina el acrecentamiento de la riqueza, ni la teoría subjetiva que establece que el precio lo determina la relación de necesidades ilimitadas y bienes escasos. Pero el mercado se mueve. Momentos en los cuales cae la demanda caen los precios. Aumenta la demanda en relación con la oferta, los precios suben. O bien, cuando el desarrollo de las fuerzas productivas hacen que el valor de los bienes sea menor, porque el tiempo de trabajo socialmente necesario es menor, el precio de la mercancía cae. Es lo que confunden muchos economistas con deflación, aunque esta también existe pero sujeta a cuestiones atinentes al circulante limitado de papel moneda en relación con el volumen de bienes en circulación. Así, mientras en Suiza los precios de las mercancías caen, producto de la deflación y el incremento de la productividad del trabajo, en Venezuela contamos con la mayor escalada de precios del mundo, siendo la inflación más de 300% el año pasado. Esto parece ignorarlo el ministro. Seguramente en Suiza el afán de lucro es similar al de Venezuela, sólo que las leyes de las relaciones de producción y de cambio se les imponen a los capitalistas suizos. Esto es, los precios son más bajos no porque los empresarios suizos tengan mejor corazón que los nativos.
La clave 7 resume una falsedad y una justificación. Los altos precios pueden representar una tendencia histórica ciertamente, pero sujeta a políticas económicas que pueden atemperarla e incluso anularla. Lo que no supone un cambio en las relaciones de producción. Dos cuestiones que se verían expresadas es que se eliminaría un mecanismo de mayor explotación del trabajador y, por ende, de mayor ganancia del capitalista. Que la especulación pudiese ser controlada no significa que desaparezca el principio del comercio capitalista de comprar barato para vender caro. La herencia de un tal modelo y de una intención de la burguesía parasitaria para que no sea cambiado solo indica su naturaleza antinacional, con lo cual el régimen chavista ha sido consecuente.
El corolario de estos escritos es la temeraria conclusión a la que llega en la clave 13 donde sentencia que: “La guerra económica es la reacción del sistema capitalista para conjurar el germen socialista que lo amenaza”. Luego de indicar que el praneo es la base del orden burgués, malinterpretando a Smith y mucho más a Marx, señala el ministro que esta supuesta guerra económica se ve sustentada en la acción de pranes que crean inflación, escasez y acaparamiento.
Como podemos apreciar, Luis Salas apenas indica un sui géneris conjunto de ideas acerca de la supuesta guerra económica, una que otra idea de cómo enfrentarla, pero nada coherente en relación con el diseño de una política para superar la crisis. Las claves 19, 20, 21 y 22 son la reivindicación de los controles al margen de una política económica de contenido nacional y popular. El subjetivismo e ignorancia de la ciencia económica —junto con la reivindicación de criterios que pretenden mantener un sistema de controles que afianzan la especulación— profundizarán la catástrofe que vivimos. Los controles deben existir de cara al crecimiento y desarrollo económico. Control de calidad para que la producción nacional sea cada vez más competitiva. Control de precios en el marco del crecimiento sustancial de la oferta de bienes y servicios de producción nacional. Control de las importaciones y el otorgamiento de dólares preferenciales para bienes de producción que permitan elevar el producto interno. Pero el control para el chantaje en un contexto de erosión del aparato productivo conduce a un incremento de la especulación.
Salir de este desastre supone antes que nada un análisis riguroso acerca del origen y naturaleza de la crisis. De allí la posibilidad de definir alguna política económica. Partimos de considerar que toda política económica conduce al favorecimiento de un sector de la sociedad en detrimento de otro. En Grecia, caso emblemático de estos tiempos, se asumió en medio de una crisis profunda una política económica que busca aumentar la capacidad de crédito para así cumplir con los requerimientos de la banca internacional que busca asegurarse el retorno de los créditos otorgados de manera ligera, por decir lo menos. Se le saca del bolsillo al trabajador para cumplir compromisos contraídos que para nada se tradujeron en desarrollo de las fuerzas productivas.
En Venezuela —amparados en el precepto constitucional de alcanzar el equilibrio fiscal con base en el crédito público—, la política económica parece dirigirse en la misma dirección. Mermados los ingresos petroleros se busca incrementar la recaudación fiscal tributaria, mientras se aumenta la deuda pública interna y externa. Pero no se toma medida alguna que atienda lo fundamental de la economía. Esto es, no se toma ninguna decisión que permita un crecimiento de la producción, lo que supone una canalización del ahorro social para la inversión productiva. En ese sentido, el sociólogo Luis Salas parece un buen partido para darle continuidad a las orientaciones que profundizan el desastre y la entrega del país al gran capital internacional y favorecen a los importadores, especuladores y usureros.
Carlos Hermoso
7 de enero de 2016

(*) Trabajo realizado para www.efectococuyo.com

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