Una reflexión para finalizar el año

Una gran catástrofe se cierne sobre Venezuela. Era fácil preverlo. Es el resultado de una política destructiva. Una política que frena de manera muy clara el desarrollo de las fuerzas productivas materiales de nuestra economía, mientras profundiza la dependencia y la entrega de la soberanía nacional. Su expresión clara se observa en el desmantelamiento de buena parte del aparato productivo nativo y en la conversión de Venezuela en mercado para otros países, al sustituir la producción nacional por productos importados, al convertir la riqueza nacional en gasto para importación, o sea, traspasar el excedente petrolero a los grandes ricos, a la oligarquía financiera nacional e internacional. La inversión productiva, por su parte, se deja a un lado para acelerar el desmantelamiento. Y todo esto apartando la corrupción, que alcanza niveles que hacen parecer —según el decir de un exsecretario general de AD— como “roba-gallinas” a los gobiernos del período bipartidista.
A Estados Unidos se le suman otros imperialismos como China y Rusia como proveedores de bienes finales en áreas importantes. Brasil y en general Mercosur proveen su parte y sacan ganancias extraordinarias a costa de las compras venezolanas. China, por lo pronto, es el principal beneficiario.
En el mejor de los casos se logró atemperar el drama de la pobreza por un tiempo breve, mientras alcanzaban las divisas para brindar las dádivas. Argumento que sirve a muchos chavistas de “izquierda” para justificar su inclinación, aunque olvidan dos cosas: en primer lugar, disminuir un tanto la pobreza no significa cambio de nada, no significa cambios en las relaciones sociales de producción; por el contrario, como en el caso que nos ocupa, se puede disminuir la pobreza afianzando las relaciones de producción y de cambio capitalistas, así como las relaciones con el imperialismo que dejan como resultado la dependencia con respecto a nuevas potencias que determinan nuestra circunstancia. En segundo lugar, esta ampliación de la demanda efectiva —diría un economista keynesiano— ciertamente atempera la miseria circunstancialmente, y en lo fundamental sirve para garantizar la realización de los bienes importados. Además de a una parte de la población pobre, se beneficia a sectores con capacidad de compra de electrodomésticos, automóviles —entre otros artículos importados masivamente durante un tiempo a un dólar sobrevaluado— y sobre todo a quienes se vincularon desde las altas esferas del gobierno con el jugoso negocio de las importaciones con dólares preferenciales a 6,30 bolívares por dólar, cuya distracción permitió ganancias superlativas, usando ciertamente parte de esas transferencias para importar bienes que luego serían vendidos a precio muy por encima de lo importado.
De esta manera se desarrolla una política que nada tiene que ver con algún cambio verdadero, solo modificaciones nominales y aparentes. Dirigiéndonos a algunos incautos que de buena fe siguen apoyando este adefesio político que llaman “proceso” —víctimas en muchos casos del resentimiento y del engaño revisionista— queremos recordar una frase del Che: “Luchamos contra la miseria pero al mismo tiempo luchamos contra la alienación”. Luchar contra la alienación, para decirlo de una manera que no se preste a ninguna confusión, es luchar contra la explotación. Es crear relaciones de producción en las que el obrero no sea despojado de la riqueza que crea en forma de plusvalía. Lo demás puede evidenciarse, en el mejor de los casos, como reformas, que ni siquiera es lo que sucedió en nuestra economía. Con la agudización de la crisis, la miseria alcanzará niveles cada vez más elevados luego de una política de dádivas para ganar adeptos y sustentar la política económica que a la postre favorece a la oligarquía.
La catástrofe comienza a manifestarse. Sus consecuencias se vienen desarrollando. Es fácil establecer que la inflación cerrará este 2014 en más de 70%, siendo en alimentos y bebidas mucho más que 100%. La recesión debe ubicarse en –4% según cálculos de diversos sectores. Por su parte el gobierno ya reconoce que el crecimiento será negativo y mayor de –1%. Para el próximo año las cosas serán mucho más drásticas. Recesión con hiperinflación es la perspectiva. Los ingresos caerán a mínimos históricos dada la caída del precio del crudo que se pudiese ubicar en menos de 60 dólares el barril. Las reservas internacionales —que han sufrido el impacto del comportamiento del precio del oro a la baja y la del petróleo— conducen a una sequía que impedirá mantener los niveles de importación de bienes como hasta 2013. La caída de la producción de riquezas expresadas en el producto interno bruto, que ya les resulta innegable, se verá empujada por la escasez. Menos demanda, menos producción. Menos dólares para importar, menos producción. Así, 2015 resulta un período bastante largo por el drama que puede resumir de escasez, desabastecimiento, inflación, recesión, desempleo y especulación desenfrenada, que derivarán en un descontento que debemos disponernos a dirigir y a encauzar.
El gobierno se prepara para enfrentar esta situación, en medio del drama de la división interna y la pérdida de respaldo popular, con medidas que harán más difíciles las condiciones de vida de la gente. Aumento de los impuestos, de la gasolina, junto a la reducción del gasto social, principalmente educación, salud y vivienda, como mecanismo que permita reducir la brecha fiscal. Junto a las consabidas medidas económicas, el gobierno blande sus armas como anuncio de que descargará la represión contra quienes osen enfrentarlo. Mientras, por lo pronto, la gente busca subsistir para acumular fuerzas para una nueva expresión de rebeldía. La gente, de una u otra inclinación, se mantiene a la expectativa frente al desarrollo de los acontecimientos. Sin confiar ya en promesas y en demagogos de las diversas aceras, comienza a entender la naturaleza de la situación. Este conocimiento incipiente se verá obligado a dar saltos agigantados en distintos terrenos.
Este escenario encuentra una oposición dividida entre un sector que parece dolerle el régimen chavista —pues hace esfuerzos por salvarlo, tenderle salvavidas y cobrar por la ayuda— y una oposición dispuesta a asumir la dirección política y ser alternativa de cambio, que acepta el reto responsablemente de ponerse al frente de la protesta popular, de trabajar por la unidad política y, a la par, la unidad social de los distintos sectores en defensa de sus derechos y por la reconstrucción nacional.
Por su parte, el gobierno y los factores políticos que han sido su sostén también se encuentran divididos. En las alturas, la división entre las dos grandes canonjías —mafias, para ser más explícitos— parece sufrir un embate a propósito de la reconfiguración de los espacios del poder político. Derivación, claro está, de las cuotas en torno del reparto del botín. Contradicciones que son el resultado de dos cuestiones vitales para el régimen: de una parte, se ha menguado la riqueza esperada dada la caída del precio del crudo; de otra, afrontar los tiempos catastróficos genera dudas de un sector en relación con el otro. Entretanto, las mafias menos importantes tienden a alinearse en torno de una u otra. Pero de igual manera se aprecian claramente las divisiones en la estructura político-partidista del llamado Polo Patriótico. En el seno del PSUV, sobre todo luego de las elecciones internas, la desconfianza, las zancadillas, los reacomodos y las imposiciones parecen no concitar voluntades en defensa del proceso, y en ese transcurrir las simpatías por el régimen, por el PSUV, por sus liderazgos, se encuentran en franco retroceso. La descomposición del régimen —e incluso del Estado en tanto tal— comienza a hacerse más patente y podría ser la expresión más acabada de la situación que sufre el chavismo. En medio de una crisis económica creada por sus políticas antinacionales, la inflación, la escasez y el desempleo, principales problemas sociales, no pueden ser exculpados de su responsabilidad con “guerras económicas” inventadas o fantasías como la conspiración internacional. La fraseología “revolucionaria” no puede esconder las consecuencias de una política que devastó la economía y dividió a los venezolanos, mientras favorecía a los poderosos de siempre y creaba nuevos oligarcas  boliburgueses.
El descontento indefectiblemente tendrá el signo político que significa enfrentar este estado de cosas. Plantear cambios de verdad para una sociedad que se desmorona y que debe ser reconstruida sobre nuevas bases. Una nueva democracia de participación verdadera de la gente en la toma de decisiones. Una nueva economía que atienda las necesidades sentidas de la población y tenga como meta inmediata una revolución industrial para garantizar la independencia y autonomía nacionales. Una política económica que enfrente la urgencia y a la vez siente las bases para el futuro. Una política social que de verdad atienda los requerimientos de salud, educación y vivienda.
La plataforma de luchas de los venezolanos —de los trabajadores, los estudiantes, de la gente necesitada en defensa de sus derechos, por la libertad de la organización popular de los distintos sectores— debe estar articulada a un programa político por la reconstrucción nacional. A su vez, las luchas sociales y políticas deben sustentarse organizativamente en asambleas donde la gente participe democráticamente y debata sobre los grandes problemas nacionales, la alternativa por la reconstrucción, los problemas concretos y la manera de enfrentarlos, la organización y las formas de lucha. Las asambleas deben integrarse, como en efecto se viene haciendo, en los distintos sectores, estudiantiles, laborales, magisteriales, a escala municipal, estadal, regional hasta encontrar en el Congreso Nacional por la Reconstrucción un momento en el cual se articulen las fuerzas por el cambio.
La catástrofe inminente que se cierne sobre Venezuela podrá ser un episodio donde la ciudadanía haga valer su disposición al cambio por un mundo mejor, o —en caso de derrota para las fuerzas del progreso, de la democracia y del cambio revolucionario— el tránsito hacia un mayor cercenamiento de las libertades democráticas, hacia formas más abiertas de dictadura gorila. En cualquier caso será un episodio para el combate. De confrontación entre el moribundo pero altanero despotismo chavista y las fuerzas del cambio verdadero. No hay espacio para la neutralidad o la vacilación. Las condiciones de los venezolanos y su futuro reclaman la mayor disposición para la pelea.
Carlos Hermoso
29 de diciembre de 2014

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