Gabriel García Márquez murió a los 87 años en México
 
Botella al mar para el dios de las palabras
[Discurso ante el I Congreso Internacional de la Lengua
Española -Texto completo.]
 Gabriel García
Márquez
A mis 12 años de edad estuve a punto de ser atropellado
por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito:
«¡Cuidado!» 
El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse,
me dijo: «¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?» Ese día lo supe. Ahora
sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con
tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras.
Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad
entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que
la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está
potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance,
autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras
inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros
desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio,
la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha
gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del
amor. No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos
nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna.
Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados
hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.
La lengua española tiene que prepararse para un oficio
grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su
prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su
dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de
expansión, en un ámbito propio de 19 millones de kilómetros cuadrados y 400
millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras
hispánicas en Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir
de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que
el verbo pasar tenga 54 significados, mientras en la República de Ecuador
tienen 105 nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra
condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aún no se
ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos
poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño
desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero dijo: «Parece un
faro». Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de
toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que don Sebastián de Covarrubias, en
su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es
«la color» de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos
un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cerveza que sabe a
beso?
Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que
desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería
ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros
normativos para que entre en el siglo venturo como Pedro por su casa. En ese
sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la
gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros.
Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto
debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos
pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos
infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros,
los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devuélvamos al subjuntivo
presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en
vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos.  Jubilemos la ortografía, terror del ser
humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de
límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos
escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni
confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de
vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra
una?
Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas
arrojadas a la mar con la esperanza de que le lleguen al dios de las palabras.
A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros
terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a
tiempo aquella bicicleta providencial de mis 12 años.
 

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