Identificar un proceso y ubicar correctamente el elemento principal que lo define es una necesidad vital e insoslayable. Si erramos en ello, las determinaciones e inferencias que dependen de esa caracterización nos llevarán a seguras equivocaciones. Si de ciencias hablamos, esta es una verdad inamovible e incontrovertible; y, aun cuando erróneas teorías y falsos supuestos han durado siglos en ser rebatidos, el conocimiento humano ―en el largo e interminable proceso de hacerse científico y librarse de supercherías metafísicas― termina imponiéndose frente a la irracionalidad. Baste recordar la perseverancia copernicana de Galileo (eppur si muove) frente al planteamiento dogmático de que la Tierra era el centro fijo del sistema solar, defendido y difundido por la iglesia católica con una terquedad propia del inquisidor Torquemada.
  Cuando nos referimos a espacios sociales o políticos, pareciera que ―en lo referido a la caracterización correcta de un proceso― nos movemos en terrenos más anegadizos y más propensos a influencias de intereses de clase, partidistas, ideológicos o sencillamente personales. Y no podía ser de otra manera, puesto que la objetividad y la cientificidad en estos campos conllevan ―noblesse oblige― a tener posturas consecuentes que probablemente contradicen los fundamentos esenciales de quien las expresa. Sin embargo, las consecuencias de caracterizaciones erróneas las pagan los pueblos a precios muy caros, traducidos en regímenes políticos retrógrados, en atrasos económicos, en estafas a los deseos de progreso y avance social, en fin, en retrocesos históricos.

  El régimen que sobrevino a los gobiernos del bipartidismo ―incluyendo el último de Rafael Caldera― tiene ya más de tres lustros de existencia, y quienes nos le oponemos aún no hemos consensuado una caracterización de él. Algunos se empeñan en criticarlo aceptando como buenas las mismas palabras de sus capitostes: “revolución”, “socialismo”, “poder popular”, “nacionalismo”, y consideran que son más enfáticos si lo califican como “castrocomunismo”, creyendo que con ello se ahorran ―tal vez por flojera o por facilismo― un verdadero análisis del contenido de esta pesadilla que ha caído sobre Venezuela. Quizá también temen que al esculcar se topen con que los verdaderos beneficiarios han sido y siguen siendo la oligarquía financiera, los grandes capitales y viejas o nuevas potencias imperialistas.

  Otros más se resisten a calificarlo como “dictadura”, no porque no crean que tenga las características suficientes para ello, sino porque eso los obligaría a tener posturas de lucha frente a él que los sacarían de la comodidad del hecho electoral, del diálogo, del entendimiento, en fin de la “sabia” administración de la realidad que conlleva a una actitud colaboracionista vestida de institucionalismo y crítica de supuestos atajos creyendo que la lucha contra este régimen es una línea recta, indefectible y rigurosamente recta. Pero, en verdad, no es en las formas de lucha o en los tiempos o caminos para enfrentar al régimen donde residen las diferencias principales que impiden que la unidad de la oposición se consolide como una verdadera alternativa que tenga visos de llenar un momento histórico, que tenga la sabiduría y la reciedumbre de unir al pueblo venezolano ―sin distingos de chavistas u opositores― en torno de un programa de salvación y de reconstrucción nacional. No. Cuestión fundamental es definir con claridad a qué nos oponemos y a renglón seguido qué ofrecemos en su sustitución, como rumbo y programa para el país. En eso trabajamos con denuedo al impulsar el Congreso de Ciudadanos por la Reconstrucción Nacional, con el firme deseo de que no solo contribuyamos a impulsar una unidad de aliento histórico entre los venezolanos que deseamos un cambio hacia el progreso, el desarrollo, la democracia y la libertad, sino que también se edifique un movimiento desde la base de la sociedad que sea soporte de esa superación progresista del actual momento y resistencia contra intenciones totalitarias.
Pedro Arturo Moreno
@pedroxmoreno
Dirigente Nacional de Bandera Roja
Sindicalista Revolucionario

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