El período presidencial de Trump, así como el Brexit, quedarán como hitos en la historia de la economía. Chile y la rebelión popular deja lo suyo. Marcan el agotamiento de la larga noche neoliberal, como la han bautizado algunos. Con ello también va camino a sucumbir la ideología de la globalización. Esto es, la idea de la internacionalización del capital con la implantación del nuevo liberalismo desde principios de la década del 70 del siglo XX.

Boris Johnson gana de manera holgada, al punto que le brinda una mayoría importante en la Cámara de los Comunes. Por su parte, Trump, con todo y el proceso de impeachment, parece consolidarse de cara al proceso eleccionario para el presente año. Ambas circunstancias ponen de manifiesto que se ha hecho dominante la ideología de la protección, del rescate de la producción interna, entre otras ideas económicas inscritas dentro del sentido nacional. Imperialista y nacional. Luego de décadas de pérdida de competitividad frente a China, Alemania y Japón, principalmente.

Este asunto de la globalización no es otra cosa que la ideología que afinó la oligarquía financiera para el proceso de internacionalización de capitales con base en las políticas liberales. De manera hegemónica, esta corriente del pensamiento económico apuntaló la ampliación de los mercados. Cortó cualquier freno a su desarrollo. Fueron ideas que se tradujeron en acuerdos, en ese poderoso andamiaje tejido desde la Organización Mundial de Comercio. Es que la internacionalización del capital con base en el libre mercado requirió de un orden jurídico internacional férreo, consensuado entre las potencias imperialistas y hoy roto por Estados Unidos, principalmente. Siempre fue burlado. Cada potencia protege, con medidas arancelarias o no arancelarias, aquellos productos que le son caros, por distinta razón. Liberaliza cuando está en condiciones de competir. Liberalizaron la producción china, ya que todas las potencias encontraron en esa economía la mejor manera de contar con una cuota de ganancia extraordinaria, dada la baratura de los obreros.

Perdida la competencia de Estados Unidos frente a China y de Inglaterra frente a Alemania, rompen lanzas y se aprestan a la confrontación.

Son asuntos propios del desarrollo desigual de las economías y de su tendencia a la nivelación. Son procesos cuyo desarrollo nace de algo cotidiano del capitalismo: la competencia. Ella conduce, inexorablemente, a que cada factor en juego deba elevar la composición de sus capitales, o lo que es lo mismo, a hacerse más competitivo con base en mayores desarrollos científico-tecnológicos, con instrumentos de producción cada vez más avanzados y ahorradores del tiempo para producir bienes: cada vez más bienes en menos tiempo y de más calidad.

Inglaterra es la primera en adelantar ese desaforado proceso para la liberación de los flujos de mercancías en el siglo XVIII. Incide esa orientación en los procesos políticos en el mundo entero. Desde aquellas oprobiosas guerras del opio en China hasta los movimientos de liberación de la corona española en Latinoamérica. Luego EE. UU. se convierte en la potencia más importante del planeta. Combina la protección con la liberalización de los flujos, hasta entronizar esta perspectiva bajo su tutela como potencia hegemónica mundial, a partir de los años setenta del siglo pasado.

Luego, décadas de flujo de capitales de todas las economías industrializadas hacia China hacen que este gran país se convierta en la máquina del desarrollo capitalista. Espoleadas tras una tasa de beneficio mayor que la que se brinda dentro de sus propias economías, van tejiendo su rezago. China, con base en los mismos principios, va a afianzar la idea del libre mercado. Mientras no haya quien le gane en competitividad, prefiere el mercado libre y así ampliar un creciente mercado externo. Frente a la tendencia de su agotamiento, comienzan los chinos a ampliar el interno, combinado con el proyecto más ambicioso en la historia de la economía, una ruta una franja. Gota que derrama el vaso de la angustia estadounidense.

Se perfilan dos tendencias. La implantación de una nueva política económica. O, lo que es lo mismo, la recreación de las viejas orientaciones. Unido a lo cual se van agudizando las contradicciones entre las grandes potencias.

La derrota ideológica del neoliberalismo

Pero el puntillazo más claro, ideológicamente hablando, es el que le propina el pueblo chileno. La sorpresa fue generalizada; los únicos que no se impresionaron fueron sus protagonistas. Las masas populares, atendiendo las palabras de Allende, inundaron las largas alamedas en contra de la política neoliberal y por el cambio. El enfrentamiento ha sido de tal magnitud que no cesa. Las concesiones son para frenar el movimiento. Para producir un cambio gatopardiano. De allí eso de la reforma constituyente.

Pero la derrota ideológica y cultural parece no tener marcha atrás. Se derrumbaron los fetiches. Aquello del libre mercado, la libertad de elegir, el individuo por encima de lo social, el afán de lucro como principio ético y natural, el Estado solamente para reprimir, no se sostiene, pero los sectores dominantes querrán seguir haciendo lo mismo, por lo que pondrán más en peligro lo establecido. Correrán el riesgo.

Mientras, se eleva la conciencia del pueblo chileno. Aparecen cada vez mejores condiciones para una salida radical. Mejores condiciones también para que se fortalezca una fuerza material capaz de guiarlo hacia cambios en correspondencia con las aspiraciones de las mayorías.

Los partidos políticos, los poderes públicos, los intelectuales, quedaron sorprendidos. Tanto como buena parte de la intelectualidad y los políticos lo estuvieron en febrero de 1989 en Venezuela. Hoy sucede en Chile. El rumbo seguido después del Caracazo nos llevó a este trágico acontecer. Deseamos que los chilenos alcancen otros derroteros.

Las perspectivas

Este episodio de agotamiento del liberalismo y renacer de políticas nacionales no termina acá. El capitalismo mundial se adentra en una crisis de incalculables proporciones. Ya resulta un contrasentido seguirla sosteniendo con tasas de interés negativas y el crecimiento de la deuda pública mundial que ya supera el 300% del PIB mundial. Cada vez es mayor la parte de la plusvalía planetaria que debe destinarse a satisfacer la voracidad en la especulación financiera y los dividendos en bonos con tasas positivas, con lo que cae la capacidad de demanda social. A su vez, el desarrollo científico tecnológico sigue avanzando, dada la dura competencia. De allí que se produce cada vez más para cada vez menos demandantes. Eso es lo que anuncia las proporciones de la crisis mundial.

Así, iniciamos el año en medio de desarrollos objetivos que anuncian grandes acontecimientos históricos. Solamente la posibilidad de la conflagración bélica acá o allá es suficiente motivo de zozobra. Venezuela es uno de los puntos neurálgicos de este escenario servido para la disputa.

Escenario para grandes reflexiones y decisiones acerca del rumbo que debemos seguir.

Publicado en El Pitazo, 6 de enero 2020

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