Hay verdades que las piedras las saben, y una de ellas —que la padecemos en carne propia millones de trabajadores venezolanos— es que los salarios no alcanzan ni siquiera para cubrir las condiciones mínimas para vivir. Se cumple de manera precisa aquello de que el salario debe estar por debajo de tales condiciones. Se trata de un asunto histórico que hace casi 150 años anunciaron Adam Smith y David Ricardo. Es lo que permite que la rueda del capital siga girando. Pero los sectores medios, los profesionales, un tanto liberados de esa máxima del liberalismo clásico —que ha llegado a extremos tales por la aplicación del neoliberalismo—, también se ven afectados sensiblemente. El abrupto incremento de la pobreza ahoga y aprieta como nunca en un país que no conoce precedentes en su historia contemporánea.

Resulta supina —aunque muy extendida como una verdad de “sentido común”— la afirmación según la cual los aumentos salariales conducen a mayor inflación. Fastidiosa resulta ya esa cantilena. Primero se produce la inflación como resultado de haberse violentado el principio —señalado por Marx en el Libro Primero de El Capital— según el cual:

El Estado lanza al proceso de circulación, desde afuera, billetes de papel que llevan impresas sus denominaciones dinerarias, como por ejemplo 1 libra esterlina, 5 libras esterlinas, etc. En la medida en que esos billetes circulan efectivamente en lugar de cantidades de oro homónimas, se limitan a reflejar en su movimiento las leyes del curso dinerario. Una ley específica de la circulación de billetes no puede surgir sino de la proporción en que éstos representan el oro. Y esa ley es, simplemente, la de que la emisión del papel moneda ha de limitarse a la cantidad en que tendría que circular el oro (o la plata) representado simbólicamente por dicho papel.

Haciendo abstracción del aparente receso que tuvo el llamado patrón oro, esta ley siempre ha tenido y tendrá vigencia mientras impere la forma valor. Mientras China, Rusia e India acaparan la compra de oro, se consolida el bitcoin. En cualquier caso, la emisión de papel moneda de manera arbitraria para equilibrar el presupuesto, para reducir el déficit, indefectiblemente lleva a la inflación. No es otra cosa lo que la genera.

Se produce una mayor escalada de precios si sumamos la especulación y el precio del dólar. Partiendo de que no todo aumento de precios, o toda variación de precios, obedece a la masa de papel moneda en el mercado, sino también a otras determinaciones como la especulación —y sobre todo al valor de cambio de las mercancías—, podemos observar que en Venezuela las variaciones de los precios al alza son resultado de la inflación y la especulación. Con ello se explica la drástica caída de la capacidad de demanda social. Ante lo cual el gobierno se ha visto obligado, siendo generosos en la categorización, a medio compensar la caída del poder adquisitivo del salario, a riesgo de que la depresión sea aún mayor.

Entretanto, el gobierno sigue manteniendo la emisión de papel moneda, ante el estímulo de que la inflación le permite una mayor recaudación vía IVA y otros tributos, incluido el correspondiente al salario, disfrazado de impuesto sobre la renta a personas naturales. En fin, una política fiscal y tributaria regresiva que atenta contra la capacidad de demanda social. Esa es la política chavista de estos tiempos.

Estas circunstancias conducen a que la caída de la demanda y las bajas compensaciones salariales no permitan una recuperación del poder adquisitivo del bolívar a tal escala que posibilite un incremento de la oferta de bienes y servicios. El mercado de bienes básicos de la dieta y la reproducción social también se ve afectado, pero no en la misma medida en que lo hace la realización de los productos de menor rigidez en la demanda ante las variaciones de precio. Esto es, por más que caiga el salario, los trabajadores y asalariados en general siempre buscarán un margen de sus ingresos para hacerse de los productos de primera necesidad, entre ellos alimentos básicos de la dieta, sobre todo de los niños, y medicinas de dolencias crónicas graves. Ante las variaciones al alza de los precios, se mantiene una correspondiente demanda a riesgo de que la mengua se haga más aguda, con rasgos de animalidad o subhumanidad. Varían sus precios al alza y aun así la familia hace todo el esfuerzo para adquirir el producto. Circunstancia en la cual hace gala la ideología dominante: ética del comerciante que especula al máximo, sin parar mientes en la necesidad que agobia al demandante. Asimismo, la gran empresa de alimentos parece sólida, mientras aprovecha para monopolizar cada vez más productos, valga decir empresas Polar.

Pero los bienes y servicios de menor rango para satisfacer las necesidades básicas van siendo dejados a un lado ante el continuo incremento de precios. Es así como pueden ir a la quiebra o mermar en sus ganancias pequeños propietarios y comerciantes, por no poder realizar sus productos ante la caída de la demanda. Restaurantes, comercios diversos, mercados como el de vehículos, entre otros, están sufriendo las consecuencias de la caída extrema de la demanda social. A su vez, cuando se producen las compensaciones, los pequeños productores se ven aún más afectados toda vez que no pueden cubrir el incremento en sus costos de producción y funcionamiento.

No es la compensación salarial lo que incrementa la inflación. No es la compensación lo que afecta al dueño de los bienes, al empresario, pues. Es el gobierno con su política de despelote para la emisión de moneda sin respaldo. Sumemos que la política económica para nada busca incrementar la producción. No hace nada el gobierno por canalizar el ahorro social hacia la inversión productiva. Con la inflación tiende a paralizarse el crédito en general y el productivo en particular. Luego, el gobierno le busca compensaciones a la banca con papeles y negociados diversos. Todo ello incrementa la deuda pública que a la postre es más social que ninguna otra cosa, pues la paga la gente con los dineros que le extrae el gobierno con su política fiscal y tributaria. Otro de los círculos perversos que configura el gobierno en favor de la oligarquía financiera.

Cuando la inflación no afecta tan sensiblemente la demanda, cualquier empresario previsor —sobre todo los dueños de ramas de bienes de elasticidad rígida— puede muy bien obtener superganancias, entre una compensación salarial y otra. Esto le permite nutrir un fondo contingente para el nuevo incremento salarial y aun así obtener ganancias extraordinarias, superiores a la media en todo caso. Pesa en esto la naturaleza de los bienes en el mercado. La escasez generalizada y la inflación perjudican fundamental y principalmente al trabajador y a su familia. Estratégicamente favorece a los empresarios que ven caer al mínimo el salario del obrero y de todos quienes viven del trabajo.

En definitiva, vivimos no solamente un espiral que ya se acepta como hiperinflacionaria, sino que la caída del producto nos sitúa en una situación depresiva. Inflación con recesión —es decir, con estancamiento o retroceso— se le conoce como estanflación, que a la postre favorece de manera clara a los capitales más competitivos que logran absorber a quienes sucumben. En Venezuela la circunstancia se expresa de manera palmaria en el grupo Polar cuyos productos desde el año 2000 se han cuadruplicado, pasando de 32 a más de 100 bajo su firma.

De allí que la especie según la cual los aumentos salariales —en realidad las escuálidas compensaciones— contribuyen con la inflación es pura ideología. Nada tiene que ver con la realidad por lo que resulta hasta ridículo oír en boca de un dirigente sindical tal afirmación. Eso deben dejarlo en la voz del empresario y sus ideólogos, sobre todo los economistas.

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