Bachacos, bachaqueros, bachaquear… no se ha perfilado de manera muy clara el uso del sustantivo ni de las conjugaciones del verbo que se conforman en la acción. Como toda locución, las palabras tienen la vida que le dan los pueblos. Por eso, el término en cuestión anda en proceso de consolidación en la lengua del venezolano. Tiene su origen etimológico en la ruta comercial que realizaban los aborígenes en tierras zulianas y que hoy hacen su actividad económica principal. Lo que sí está claro, más que sus conjugaciones modernas, es el verbo en palabra y acción.

Esta “cadena de comercialización” ─que se inscribe en la naturaleza de las relaciones sociales de producción y de cambio imperantes─, cuenta con el ingrediente de la generalizada degradación chavista. El bachaco o bachaquero, goza del favor y vigilancia de la autoridad a diversa escala. Va desde aquella familia que se organiza para bachaquear, hasta las cadenas que se conforman con base en los “colectivos” armados que dominan diversos espacios. Se da el caso en que funciona de la siguiente manera: grupos armados que decomisan parte de la mercancía que llega a los Pdmercal o a los Bicentenario. Solo dejan disponible una parte para la venta y ellos revenden por bultos a unos precios exorbitantes. Sin embargo, estas bandas están en contra de los otros bachaqueros que compran en las cadenas de farmacia, por ejemplo, para revender al detal, por lo que los grupos armados han anunciado “represalias”, bajo la pretensión de tener centralizado el proceso de distribución de los alimentos.

Son muchos los que se ven impelidos a actuar como bachaqueros dada la calamidad que vive la familia venezolana. La pobreza, que ya alcanza a amplios sectores de la pequeña burguesía, del magisterio, profesorado universitario, profesionales, pequeños y medianos propietarios y comerciantes, campesinos, entre otros, fuerza a muchos a buscar actividades para sobrevivir. Estrategias de sobrevivencia que encuentran en el bachaqueo una alternativa individual que supone pérdida de pudor a la hora de estafar a otros ciudadanos. El descargo de quienes así actúan es la difícil situación, pero no sería edificante no dejar sentado que una salida individual e individualista nada aporta colectivamente a la solución del problema, al cambio que demanda Venezuela.

Tal es la escala alcanzada por esta “institución”, que Rodolfo Sanz ─alcalde de Guarenas e integrante de la Comisión presidencial para la economía productiva─ propuso en su escrito del 11 de enero de 2016 que se debía “construir la más amplia red de distribución de alimentos mediante la organización y el control del llamado ‘bachaqueo’ de productos”. Vaya salida a un problema creado y profundizado por una tradición en política económica que si bien guarda data desde 1989 al inicio del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, fue llevado por el régimen de Chávez a su máxima expresión. Se expresa en la esfera de la circulación, pero su raíz se halla en la producción; en la poca producción a la que han llevado a la economía para satisfacer las importaciones desde las potencias imperialistas ya viejas y las emergentes, principalmente de China.

Origen de la degradación

La cosa resulta elemental. Se utilizan los recursos petroleros ─sobre todo en tiempos de ganancias extraordinarias producto del incremento en los precios del crudo─ para importar buena parte de lo que requieren los venezolanos en alimentos, electrodomésticos, entre otros; así como buena parte de los medios de producción que requiere la menguada planta industrial y agrícola. Los bienes importados terminan siendo más competitivos ya que entran al mercado interno sin mayores restricciones. Muchas veces a cero aranceles ya que forman parte de “ayudas”, como las brindadas por los chinos y a dólares preferenciales, o resultado de convenios, parte de cuyos fondos deben ser usados para la importación de este tipo de mercancías o de medios de producción. Igual sucede con buena parte de los bienes importados de países integrantes de Mercosur, Brasil, principalmente. Productos más baratos y de mayor calidad, hacen lo suyo, y la producción nativa pierde cada vez más competitividad. En definitiva, se sustituye el producto venezolano con producción foránea y se va erosionando el aparato productivo. Luego, al acabarse los dólares, caemos en crisis, cuya profundidad es directamente proporcional al grado de dependencia del producto importado y a la caída del volumen de dólares en reserva.

Se trata de un proceso que es continuidad, en lo esencial, de la “tradición” venezolana de cumplir un papel en la división internacional del trabajo como proveedor de materias primas e importador de bienes finales. Siglos que parecen una impronta que sirve de acicate para que Chávez se colocara como la figura más emblemática de esa política. Partiendo de las ganancias extraordinarias por concepto de la venta del crudo, se elevaron las importaciones a una escala sin precedentes. Se sustituyó la producción de rubros que habían alcanzado niveles tan elevados de producción, que incluso sirvieron otrora para captar dólares en el mercado internacional por el producto importado. Se esrosionó -y se continúa erosionando- el aparato productivo hasta llegar a esta situación desesperada de una sociedad que se reproduce, en muy buena medida, con el producto importado. Casi nada “hecho en Venezuela” queda en pié en los anaqueles.

Para el 26 de abril de 2016 las reservas internacionales se colocaron en 12.607 millones de dólares, por debajo del nivel alcanzado en el mes de abril de 2003 posterior al paro petrolero, con el agravante de que alrededor del 75% están conformadas por oro, es decir, no en divisas. Además, en abril de 2016 el Banco Central de Venezuela liquidó divisas equivalentes a $ 251 millones para importaciones y pagó $ 437 millones en intereses de la deuda soberana. Como vemos, más para el pago de deuda que para importaciones, tendencia que se irá incrementando como resultado del creciente endeudamiento foráneo que mantiene el gobierno.

Algunos agentes gubernamentales han buscado similitudes con el proceso que se dio antes del golpe de Estado contra Salvador Allende. Para ello, han citado un párrafo emblemático de la novela La casa de los espíritus, de Isabel Allende. Ciertamente, dentro de la estrategia de los gorilas y el imperialismo estadounidense, se impulsaron en Chile maniobras económicas que crearon las condiciones propicias para el golpe criminal de Pinochet. Crear escasez de manera inducida, olas de rumores, compras nerviosas, entre otras cuestiones, fue parte del plan. Aunque eso no era el resultado de una política económica de destrucción del aparato productivo. Son casos diferentes. El proceso chileno fue muy breve, apenas tres años, como para hacer un balance acerca de sus alcances y perspectivas. A pesar de que se trató de un intento idealista de revolución, fue sincero y guiado por gente de mucho mayor cultura y compromiso que el caso que nos ocupa. Sumemos que la corrupción para nada es equiparable. Lo que no significa que el imperialismo yanqui no esté azuzando en una u otra dirección en la política venezolana. Solo que hasta ahora, parece ambigua. A momentos ha favorecido al régimen. En una que otra oportunidad ha hecho concesiones, sobre todo en relación con los espacios cedidos a China. Ha perdido mercados importantes como el del parque militar, tanto terrestre como aéreo. Los rusos colocaron en la Fuerza Armada Nacional un nuevo armamento, evidenciado más competitivo en algunos casos. Por su parte, los chinos se han convertido en el principal acreedor de Venezuela y, en general, de América Latina.


Alcances de la degradación

Junto al bachaquero, además, imperan las bandas regionales. Es así como la banda liderada por el recién abatido “El Picure” ─emblemática figura que dominaba en el estado Guárico─, no ha podido ser “derrotada” plenamente en una confrontación que a momentos no luce clara. Al menos, resulta poco creíble que una banda criminal impere de esa manera sin apoyo oficial. En cualquier caso, no se explica el grado de influencia y control alcanzando por un numeroso grupo de delincuentes articulados de manera tan eficaz. Las vacunas ya forman parte de los costos de producción de quienes cuentan con hatos y haciendas productoras de ganado, cebolla, entre otros rubros. Este sui generis incremento en el costo de producción se traduce en parte del encarecimiento de los bienes agrícolas y pecuarios que buscan realizarse en las ciudades. Pero nadie para a la banda de “El Picure”, ni a las distintas bandas que azotan a todo el país. Venezuela en manos de la delincuencia y sus capitostes, de los ya legendarios pranes y de los jefes de bandas.

En medio de la crisis general venezolana, se pone en evidencia de manera extrema una de las leyes de la distribución de las relaciones burguesas. A saber, cuando la fuerza de la demanda es mayor que la de la oferta, el precio tiende a alcanzar escalas muy superiores al valor de las mercancías. A diferencia de lo que propagan sectores del chavismo, en el capitalismo todo es mercancía. Como señalara Marx, el capitalismo es un inmenso arsenal de mercancías. A las mercancías convencionales cuyo valor de uso y cambio lo podemos determinar claramente, se les suman nuevas y sofisticadas, convertidas en tales, producto de la necesidad y la falta de autoridad y reglamentación de la vida ciudadana. Es así cómo hasta las calles y aceras en distintos puntos de la ciudad, entre otros bienes y servicios, se han convertido en mercancías bajo el amparo de las autoridades. Vamos al mercado de El Cementerio a comprar alguna cosa y debemos pagar 100 bolívares por estacionarnos en la acera. Igual sucede en los alrededores de Quinta Crespo y otros sitios de la ciudad de Caracas. Es normal que un recluso deba pagar mensualmente al Pran de la cárcel donde purga condena, por la “causa”. Esto es, su seguro de vida. Asunto de pleno conocimiento público, más aún de las autoridades. Grupos armados del gobierno comercian con los puestos en las largas colas que hace la gente para comprar algunos productos. Esto es, el puesto de la cola se ha convertido en una mercancía vendida por estos sujetos a precios poco creíbles. De tal manera que en vez de bachaquear el producto, le cargan a la ciudadanía un gasto que merma el poder adquisitivo de su salario, ante la mirada cómplice de guardias nacionales, policía nacional o cualquier autoridad, o porque forman parte de la connivencia. Qué decir de los bienes subsidiados con dólar preferencial para su importación que terminan siendo vendidos a precios exorbitantes, como es el caso de la leche en polvo importada, que se coloca en manos del bachaquero en 70 bolívares y éste la vende hasta en 2.500. Los bachaqueros ya cuentan con espacios importantes, especie de centros comerciales y farmacias en distintas ciudades del país. En una economía altamente especulativa, sin controles ni autoridad, donde reina el hamponato, la cosa se pone más creativa y diversa. La especulación y la descomposición extrema son los complementos.

No es una supuesta naturaleza humana egoísta, como señalara Adam Smith, lo que determina ese tipo de fenómenos poco virtuosos de la especulación inmisericorde. El bachaquero no está interesado ciertamente en satisfacer necesidad alguna de nadie, sea esta un asunto de vida o muerte o satisfacción de una necesidad primaria, de un bebé o de un enfermo. El bachaquero solo está interesado en obtener un beneficio extraordinario vendiendo un producto escaso que satisface una necesidad. Claro, la necesidad es primaria, alimenticia, de salud, es desesperante la realización de la mercancía para el demandante. Circunstancia que aprovecha el bachaco para obtener el mayor beneficio. El necesitado, consciente de que se trata de una estafa, accede a cancelar la exorbitante suma para así satisfacer la necesidad del niño hambriento o del enfermo en casa, o la propia. Relación de intercambio objetiva, independiente de la voluntad. Será así, mientras se presenten productores privados independientes que buscan el mayor beneficio en la producción y en el intercambio.

Smith señaló en su oportunidad, palabras más palabras menos, que “la búsqueda de la riqueza por parte de los particulares es útil, pues esta superchería es lo que despierta y mantiene en continuo movimiento la laboriosidad de los humanos. La ambición nos hace trabajar en beneficio de todos”, escribe José Biedma López en Adam Smith: moralista de la simpatía en noviembre de 2013. En realidad es a la inversa. No es esa superchería la que conduce a la laboriosidad. Es el motor, el deseo irrefrenable para la obtención de ganancia lo que conduce a la llamada superchería. Es el hecho objetivo lo que determina esa propensión y, por tanto, esas ansias de ganancia. La función de la producción y su realización en el mercado no es para satisfacer necesidades, sino para producir plusvalía y ganancias. En condiciones como la venezolana la cuestión se ha elevado a un grado superlativo en la esfera de la circulación bajo el acicate de una doble moral que nos presenta a unos supuestos socialistas como los jefes de bandas de bachaqueros que extorsionan a la gente y alcanzan escalas de beneficios superlativos a costa de las necesidades ciudadanas.

El clima especulativo, sin embargo, es plena responsabilidad del Gobierno. En una economía relativamente desarrollada, el precio se aproxima al valor de cambio de los bienes, determinado por el tiempo de trabajo necesario para su producción. Por el trabajo objetivado en la mercancía. Pero cuando hay presión de demanda superior a la de la oferta, el precio tiende a colocarse por encima de su valor, creándose mayores condiciones para especular. A la inversa, como acontece en el mercado de trabajo, cuando la oferta es mayor que la demanda, el precio tiende a colocarse por debajo de su valor.

En la economía venezolana hay presión de demanda producto de la inflación, de la escasez y a que existen varios tipos de cambio. Luego, se configura un mercado tremendamente especulativo, escenario para que se reproduzca esta infernal cadena de distribución resultado de la política económica chavista desde 1998. Ellos son los responsables, una de las tantas razones por las que deben irse. Su alternativa no puede pretender hacer lo mismo. Debe, por el contrario, transitar por el camino del desarrollo y la diversificación del aparato productivo, hasta producir una revolución industrial. Esto es, escoger el camino de la verdadera soberanía nacional.

La crisis nos ha conducido a una coyuntura en la cual debemos tomar partido por la solidaridad y la lucha, o sumarnos a la degradación. Extremos de rigor en medio de la legitimación de una relación de intercambio abyecta. Vivimos en la disyuntiva de ser humanos, verdaderamente humanos, estimulando la solidaridad, o actuar con base en las leyes del capital en la esfera del comercio, sacando partido de la extrema necesidad de la ciudadanía. Otra cosa no lo explica. Quienes asumen el bachaqueo en medio de estas circunstancias, optan por la degradación, tanto, que nos hacen recordar una estrofa del poema de Miguel Hernández, El Hambre: “…Nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente,/los que entienden la vida por un botín sangriento:/como los tiburones, voracidad y diente,/panteras deseosas de un mundo siempre hambriento”.

El desprecio a los bachaqueros se ha convertido en rabia. El Gobierno lo sabe. De allí que ahora buscan identificarlo con el invento de la guerra económica y con la oposición golpista. Su obra la endilgan a otros. Fariseísmo propio de este régimen político desde sus inicios. Pero ya están desenmascarados incluso frente al mismo pueblo chavista. Bachaqueros, colectivos, policías, guardias nacionales, funcionarios diversos, forman esta cadena de comercio que es parte de la pesadilla venezolana, de la cual más temprano que tarde habremos de despertar.


Publicado en Efecto Cocuyo

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