Observa la guerra. Mira sus pies titánicos que todo lo pisa. No la quieres ver. La quieres ver pero, a la vez, no. Habla de nuestra fútil existencia, de la vulnerabilidad política de nuestros pequeños cuerpos frente a la inmensidad de los ejércitos, sus bombas, su desprecio por la pequeña semilla que eres.

Quieres verla y no quieres verla. Huyes del sufrimiento. Las contraculturas de los 60, huyendo de Vietnam entraban en eternos campos de fresa, en las dimensiones lisérgicas donde “don’t mind”. Los soldados del 18 Brumario de Luis Bonaparte, en la pluma indeleble de Marx, se escondían en sopa y cerveza.

Huimos de ella pero nunca salimos de ella. Es la guerra.

Ella siempre regresa. Toca tu puerta. No es una película. Es Siria. Ucrania. Libia. Yemen. La Ex Yugoeslavia. La primavera árabe que se convirtió en un invierno islámico. Son las armas rusas en las peores manos. Boko Haram. Hamas. El Estado Islámico. Maduro.

La guerra entra en la gasolina de nuestros carros. Y la respiramos por sus tubos de escape. En la mirada perdida de los nuevos inmigrantes. En el pánico oculto de los cubanos. En los niños rayados como tigres en el cielo de El Salvador. En el cielo cruzado por misiles en Israel y Palestina. En la orden segura y confiada de Hitler. En el malandro brasileño, entre la metanfetamina y el cangaceiro. En las balsas a la deriva, en el fondo del Mediterráneo. Balsas perdiéndose ante peces gigantes de tres ojos contra los cuales luchó Ulises en los confines de la historia.

Mira la guerra. Siempre ha estado. Todo lo tiñe. Ella también eres tú. Y debes, contra todo riesgo, sepultarla de la memoria humana. Huyendo o luchando.

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