Transcripción del programa Radio Comunidad / «Arriba Banderas» / 21-6-2018

El Esequibo es de Venezuela

Este es un viejo litigio que se lleva desde Venezuela, por un despojo del cual fue objeto nuestro país de toda esa parte del Esequibo, hoy en día territorio en reclamación. Desde que Chávez asumió el poder, se ha venido denunciando la forma como empezaron a manejar este asunto, pensando que podían resolverlo mediante un acercamiento con Guyana, a través de conversaciones, olvidándose de cuál era la realidad en materia de la participación de Inglaterra en este litigio y cómo eso se venía tratando. Allí están también las conversaciones y proyectos que fueron adelantando con Exxon Mobil, por parte del gobierno, para iniciar algunas exploraciones en esas zonas. En definitiva, esta corporación terminó saliéndose de esos posibles acuerdos, después de haberse comprometido a construir una plataforma y a realizar otros adelantos, y todo quedó en ideas que no resultaron en nada. Exxon Mobil termina negociando con Guyana, cuestión totalmente pertinente desde el punto de vista de sus intereses y de su capital. ¿Qué les interesaba a ellos? Un país que tuviese menos requisitos y menos aspiraciones en la participación en el negocio en comparación con los que planteaba Venezuela. Eso lo iban a lograr con Guyana. Para ese país, el solo hecho de que ese convenio contribuyera a que ellos ejercieran soberanía sobre el territorio ya era un logro de muchísima importancia. Además contarían con todo lo que se generara en fuentes de empleo, construcción de infraestructura, etc., que abre un negocio que en el transcurrir les permitiría obtener alguna ganancia.

Recordamos también lo ocurrido en octubre de 2013 con un barco de Anadarko Petroleum que tenía una función exploratoria en esas áreas y que fue detenido por la Armada venezolana, conducido hasta Nueva Esparta y retenido durante pocos días, para luego liberarlo junto con su tripulación. Como esa acción no culminó en ningún procedimiento judicial, eso quedó así.

Posteriormente regresa Exxon Mobil y hace exploraciones con las cuales descubre un importante yacimiento de petróleo en un área costera cercana a la frontera entre Guyana y Venezuela, e informa que en poco tiempo pudieran iniciar los procesos para una producción que podría ubicarse en 500 mil barriles diarios, cantidad que no es cualquier cosa en la producción petrolera.

Paralelamente con este anuncio, un poco antes o un poco después, el gobierno de Guyana solicita la intervención de la ONU en el asunto, debido a que no se había dado la mediación, no se había llegado a ningún acuerdo, por los retardos en atender ese conflicto y por el poco interés de Venezuela. Nosotros, desde hace bastante tiempo, venimos señalando que el gobierno ha manejado este problema con negligencia, pues no solo lo ha descuidado y ha utilizado malas políticas, sino que no ha sido diligente en cuanto a las cosas que obligatoriamente hay que hacer en un litigio de esa naturaleza: estar al día en todo lo que a él se refiera, tener iniciativa y mantener un equipo que no se limite a estudiar el problema sino que también accione con rapidez en todo lo pertinente. Eso no se hizo y tampoco en lo referido a las promesas u ofertas de construir un fuerte en esa zona, de comenzar a tender vías de comunicación, de avanzar en desarrollos poblacionales, etcétera. Nada de eso se hizo, mientras que en ello sí ha venido avanzando Guyana.

Desde la controversia ocurrida —en octubre de 1966, año en que se declaró la independencia de Guyana— por la ocupación por fuerzas armadas venezolanas de la isla fluvial de Anacoco, ubicada en la confluencia de los ríos Cuyuní y Venamo, y de la rebelión de Rupununi, no ha habido ninguna acción de esa naturaleza. Entonces llegamos a este momento, cuando la república de Guyana acude al Tribunal Penal Internacional a presentar el litigio, en el cual a Venezuela se le hace muy difícil defender nuestros derechos y soberanía sobre el área en reclamación, pues allí existe una gran influencia de Inglaterra, junto con el peso de la corporación estadounidense Exxon Mobil, y como añadido la presencia de la OTAN. Se comenta que el fallo ya está escrito, que la sentencia ya está redactada. El gobierno de Maduro dice que no va a participar en esa instancia jurídica, que es lo menos que podían hacer después de haber dejado que las cosas llegaran a este nivel. Reclama que el Esequibo es venezolano, que están dispuestos a conversar y que el problema debe ser resuelto a través de una mediación, pues el tribunal mencionado no es competente para atender el caso en cuestión.

Verdaderamente, las razones jurídicas sobre el reclamo que hace Venezuela son más que suficientes; los errores están en los procedimientos que se han utilizado y en la política que se ha sostenido en torno a este problema.

En esta circunstancia, alguna gente plantea que, aunque estamos en dictadura, el Esequibo es de Venezuela. Otros dicen que, aun siendo Maduro un usurpador, el Esequibo es demasiado importante para nuestro país y no podemos hacernos la vista gorda para atender este conflicto como venezolanos. Son varias las frases, pero todas conducen a lo mismo: los venezolanos “tenemos que unirnos todos para rescatar el Esequibo”, o “para impedir que se pierda”, o “para lograr un entendimiento donde Venezuela no salga tan desfavorecida”. Con esas posturas se cae en una equivocación, pues esa especie de argumentación le cabe al dedillo al gobierno, pues así lograría este régimen lo que más le interesa: su legitimación, o incluso su reconocimiento como usurpadores, como un poder que está allí, que existe y con el cual se puede entender cualquier otro país o instancia internacional. Para este oprobioso régimen ello sería muy valioso, pues sería un paso importante para de alguna manera legitimar la usurpación.

El problema del Esequibo no puede desviarnos la atención del problema que hoy día vive la sociedad venezolana, esta profunda crisis que hoy padecemos los venezolanos, este desorden, este desastre que hoy es nuestro país, esta angustia, este drama humano que sufre nuestra población. Nosotros no podemos apartar a un lado la resolución de esta crisis generalizada y plantearnos la dedicación a la defensa de un territorio —que es muy importante para Venezuela, por todo lo que significa su extensión y el contenido de riquezas, y que pudiera ser una palanca y una base para el desarrollo de nuestro país—, no podemos llegar a esa conclusión. Considero que la postura correcta es todo lo contrario: para salvar el Esequibo nosotros necesitamos producir un cambio político en el país, de manera que un nuevo liderazgo que conduzca a Venezuela tenga la suficiente capacidad, el coraje, la determinación y la inteligencia para llevar exitosamente ese litigio. Allí es donde está el problema y donde indiscutiblemente debemos dejar claro a quién hay que hacerle el llamado, quién tiene obligatoriamente que pronunciarse y actuar en estos momentos, y que seguramente contaría con el apoyo de todos los venezolanos… No es otro sino las Fuerzas Armadas, que son las que están facultadas constitucionalmente para defender la territorialidad. Y ese es territorio venezolano… territorio en reclamación, pero el Esequibo es venezolano. Los títulos y las razones son suficientes. En eso es que nosotros debemos apoyarnos.

Y así como una vez se capturó ese barco al servicio de la Exxon Mobil por estar violando nuestra soberanía y pirateando en aguas territoriales venezolanas, de igual manera debemos proceder. Y quede claro que, si aquí se da el despojo de nuestro Esequibo, las cosas habrá que hacerlas, a lo mejor, al mismo tiempo: recuperar ese territorio que perderíamos por la negligencia e incompetencia de quienes hoy en día gobiernan a Venezuela, y a la par desplazar a este gobierno para dar paso a un cambio político en el país. Es en esos términos como hoy está planteado el problema del Esequibo.

Pero también —a propósito de otras controversias dentro de la oposición y saliéndome del litigio territorial, aunque vinculado con la óptica que mostramos allí— quiero referirme a la discusión o disyuntiva entre “paro” o “no paro”, de cuál es la ruta, de cuál es la política, de si tenemos o no estrategia, si “vamos” o “no vamos”, de cómo combinamos las distintas luchas, interrogantes que en definitiva terminan por ahogarnos en discusiones que no tienen sentido y que no son importantes en estos momentos.

Desde luego que hay que hacer luchas reivindicativas, ya que tenemos muchos problemas que nos agobian y debemos aupar la movilización de la gente para que haga sus reclamos; pero también tenemos que elevar su conciencia política para que la gente comprenda que esos problemas, en definitiva, van a ser resueltos cuando aquí se instaure una nueva dirección política, un nuevo gobierno que de verdad garantice sacar el país de este atolladero donde se encuentra y enrumbarlo por la vía del progreso, del bienestar y de la amplitud de la participación democrática, que es lo que nos va a garantizar unidad, paz y desarrollo, y acabar con esta hambruna y esta miseria que se han generalizado en el país.

Cuando planteamos la necesidad de definiciones, cuando hablamos de ruptura, de perfilar con claridad una política, decimos algo a lo que a duras penas hemos venido llegando como acuerdo: hay que producir el cambio de gobierno, hay que salir de este régimen, hay que plantearse claramente la realización de lo planteado constitucionalmente en los artículos 333 y 350, lo que equivale a un derrocamiento del gobierno usurpador, estemos o no investidos de autoridad, uniformados o no. Todos debemos contribuir al rescate de la vigencia de la Constitución Nacional, del estado de derecho y del ejercicio de las libertades democráticas. Y, repetimos, se trata de DERROCAR, no derrotar, al gobierno, bajo el amparo de la norma constitucional que te lo ofrece y te da el mandato, pero no te lo convierte en realidad, pues eso necesita una fuerza material que haga realidad el derecho. La invocación de los artículos mencionados, como si eso solo tuviese la fuerza de transformación, es un gran error que cometen muchos opositores que se duermen en los laureles bajo la égida de un fetichismo jurídico o constitucional y que se ponen a la espera de que los cambios políticos se produzcan por generación espontánea, que el mandatario se asuste y renuncie, o que salga corriendo dejándoles las puertas abiertas de Miraflores, o cualquier otra esperanza mágica o fortuita. Así no son las cosas en la realidad, así no es la política.

Con el ejemplo de Pérez Jiménez hay que recordar que él se va, no renuncia, cuando los militares lo presionan… pero los militares hicieron eso cuando vieron que una bandada de muchachos había salido a retarlo e irrespetarlo. En ese momento fue cuando vieron que la dictadura no tenía vida. Aparte de que tenía conflictos internacionales, el apoyo de EEUU no era el mismo de años anteriores, había problemas económicos —enormemente pequeños comparados con los actuales—, una mínima deuda interna con los constructores, el avance de la producción de petróleo liviano a flor de tierra en el Medio Oriente, asuntos manejables por el propio régimen dictatorial, el problema fundamental era de carácter político: Venezuela no podía seguir viviendo bajo el atraso de una dictadura militar, necesitaba abrirse camino a su desarrollo. Desde luego que ello en su conjunto hizo que la gente comprendiera la urgencia del cambio político. Dentro de la dictadura perezjimenista había un criterio de ejercicio de la política que mostraba o sostenía algún proyecto, aun siendo un gobierno de militares, muy distinto al control del poder por unas mafias a quienes simplemente lo que les preocupa es su confrontación con tribunales internacionales y nacionales, por la cantidad de delitos y atrocidades que han cometido y están cometiendo, que son juzgables y no prescriptibles muchos de ellos.

El ejercicio de la fuerza del pueblo es necesario, imprescindible, pues allí está el grave problema: mientras el pueblo no se organice, no haga conciencia ni muestre una clara disposición a la lucha, y mientras las direcciones políticas no se pongan a tono con las exigencias de este momento, NO los vas a asustar, no hay amenazas creíbles frente a los que son y actúan como unas mafias. Hay que mostrar la voluntad, la fuerza y la disposición, y esto solo podemos lograrlo organizándonos, creando poder de base, creando conciencia de lucha, creando conciencia sobre cuáles son los cambios que urgen en Venezuela; es decir, formulando un programa político de grandes líneas que muestren al país que todos los sectores van a salir beneficiados, que no solo vamos a superar la crisis sino a darle rumbo al país hacia la Venezuela de prosperidad que todos deseamos. En esto no podemos seguir patinando más, ni dándole vueltas y largas al asunto principal.

Si se discute lo de un paro, es si tenemos o no músculo, cuando en verdad la gente está montando los paros sin esperar el apoyo de los partidos pero sí con la participación de la propia gente afectada y el respaldo de dirigentes medios y de base de muchas esas organizaciones partidistas, y uniéndose con los sectores que se están desprendiendo del chavismo, del madurismo, e incluso con la anuencia de muchos que estando en esa acera de enfrente no están de acuerdo con las políticas concretas que se aplican en sus áreas, como por ejemplo el sector eléctrico (Corpoelec), petróleo (Pdvsa), comunicaciones (Cantv) y un largo etcétera.

Algunos se han decidido a luchar y otros se han ido buscando mejor suerte fuera del país o en otras empresas u otros emprendimientos, pero lo cierto es que hay un debilitamiento de lo que antes fue el respaldo que esos trabajadores le daban al régimen, lo que era una limitación cierta para la unidad del pueblo trabajador en lucha.

Recordemos que las acciones iniciales contra Chávez comenzaron con huelgas muy importantes de los maestros, los profesores universitarios, los petroleros, los transportistas, amenazas de los médicos y de diversidad de sectores, que iban dándose en simultáneo pues había un apoyo de las bases, de los trabajadores. Ese músculo está allí; lo que no tenemos es una dirección política clara que oriente a la gente y le diga que ése es un camino. Todos coincidimos en que hay que empezar por las luchas sociales, cosa muy elemental y que no necesita descubridores del agua tibia, y también que habrá muchas luchas espontáneas y una combinación con las que promueven las organizaciones naturales de las masas, gremiales, las organizaciones empresariales y de los productores del campo… Ése es el camino, pero se queda trunco si no tiene una organización política que se consolide, que se convierta en fuerza que reclama el poder, en este caso que lo reclama desde abajo y en todos los niveles de la estructura de la sociedad venezolana: los militares, los empresarios, las iglesias, los trabajadores del campo y de la ciudad, los estudiantes, las academias, las amas de casa…

Y eso ahora lo tenemos, pues no erramos si decimos que 85% de los venezolanos están descontentos y no apoyan este gobierno, y que están pidiendo a gritos una dirección que enfile los fuegos hacia un mismo objetivo. No podemos seguir ofreciendo recoger firmas, o hacer una simbólica votación, o elegir un líder de la oposición. Ahora no estamos para esos juegos, ya ese tiempo pasó y ya eso se ha hecho también. Ahora lo que hay que hacer, simple y llanamente, es construir a velocidad esa fuerza social con una alta conciencia política. Y, cuando se pregunta de cuánto tiempo disponemos, la gente considera una eternidad eso de hacer asambleas de ciudadanos, de montar conversatorios de formación y análisis, de instruir y organizar las diversas luchas, de prepararnos eficazmente para el combate político, entre otras urgencias, e incluso la gente puede creer que no se hará nunca en situaciones de paz o de calma, y efectivamente puede tardarse muchísimo tiempo el lograrlo… Pero, cuando se viven situaciones de crisis, cuando el conflicto llega a los niveles en que estamos hoy en día, nosotros podemos hacer en poquísimo tiempo lo que no pudimos hacer en años, lo que no pudimos hacer en estos 20 años. Fundamentalmente, es un problema de disposición, de claridad y de conciencia, y sobre todo es un asunto de confianza en el pueblo, de confianza en la gente, de confianza en los ciudadanos… Aquí debemos ser claros con la gente: así como hemos ido a dos rebeliones democráticas (2014 y 2017) reclamando un cambio político en el país, debemos prepararnos aceleradamente para la tercera rebelión democrática. Desde la dirección política opositora no podemos comportarnos con la indolencia con la que actúa el gobierno. No hay otro camino que la fuerza del pueblo liberándose a sí mismo y produciendo el cambio político en Venezuela.

Y no queda otra que luchar… hasta que la victoria nos sorprenda

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