Los días 15 y 16 de enero, durante y después de la masacre de El Junquito, despertamos viendo los vídeos que Óscar Pérez iba subiendo a las redes sociales para sortear la censura instaurada por la dictadura. Vimos cómo los masacraban aún cuando ya estaban rendidos. Y al día siguiente, cuando aún no teníamos certeza de nada, el cuerpo se nos desbordó con un sentimiento complejo de describir. Eran varios sentimientos juntos o un sentimiento que quizás aún no hemos nombrado; rabia, tristeza, sorpresa, desesperanza, dolor, no podía sonreír ni siquiera ante un buen chiste. No había espacio para la risa. Sentíamos un peso que no nos dejaba andar. Es este el sentimiento que genera la injusticia de un poderoso que al ver a quién se le opone, ya rendido, le lanza todo su poder encima para aplastar, pisotear y regodearse de invulnerabilidad. Es el sentimiento que genera ver cómo se burlan de la muerte, cómo bailan con una música fúnebre, como si los aplausos del coro le invitaran a seguir bailando, aunque no haya aplausos. Es el sentimiento que produce saber que pudo ser distinto, que eso no debió pasar, y es el sentimiento que genera que aún sabiendo que no debió pasar, tenemos la certeza de que seguirá pasando, porque la dictadura no reflexiona, no se conduele, no cambia sino para peor.

En esos días pensé escribir para drenar, pero ese mismo sentimiento no me lo permitió. Pero hoy, aunque sigo desconcertada, me lanzo a escribir después de leer el comentario de una amiga chavista que colgó en una red social. En él somete a juicio apoyar a un «asesino» que «ametralló un preescolar del TSJ», que estaba armado hasta los dientes, que según ella «asesinó a varios funcionarios policiales». En su escrito acusa a quienes consideramos a Óscar Pérez una víctima de la dictadura, como «retardados mentales» o tarados. Dice que los chavistas son mayoría y que quieren salir de la crisis sin intervención, y que a pesar de las dificultades, seguirán avanzando. Ante esto es imposible quedarse callado. No porque ella opine así, sino porque deben ser varios los seguidores de la dictadura quienes asumen como verdad las «informaciones» que transmite el canal del Estado, y piensan como esta amiga.

Primero, si investigamos un tantico, podemos saber que las acciones que llevó a cabo Óscar Pérez no dejaron ni un solo herido o muerto, ni civil ni militar, ni uno, ni medio. Nada. No hay nadie que pueda sostener una prueba en su contra hoy día. Fueron completamente limpias y perfectas como él mismo las catalogó. Y así fueron planificadas según también informó mediante vídeos, porque si algo debemos reconocer, señores chavistas, es que este joven venezolano era bueno en lo que sabía hacer y a lo que le dedicó su vida y formación profesional, esto reconocido por muchos de sus compañeros del Cicpc, a quienes no permitieron participar en el operativo militar y policial para asesinarlo.

Personalmente tuve la oportunidad de conversar con un Cicpc de alto rango, a quien le pedí su opinión sobre Óscar Pérez en diciembre de 2017. Dijo exactamente: “Es un muchacho muy bueno”, y entre otras cosas utilizó los siguientes adjetivos: “Valiente, con destreza, liderazgo”, y aunque también dijo que no debió utilizar el helicóptero de la institución, se podía notar un sentimiento de afecto y admiración hacia Pérez. Esto, sin comentar las acciones solidarias que organizó en vida para ayudar, especialmente a niños y niñas. O sea, que ese argumento no les vale, no tiene asidero en la realidad. Asesino, no fue.

Segundo, sobre la Operación Gedeón -que no fue planificada ni ejecutada por Óscar Pérez, sino por la dictadura- en la que murieron dos funcionarios policiales, lo que pudimos conocer es que los dos fallecidos recibieron disparos por la espalda. Que llegaron en un grupo comando que atacó por la parte posterior la casa donde estaba Óscar Pérez cuando éste negociaba la rendición con un Mayor de las fuerzas militares. Parece improbable que los disparos hayan salido del grupo de OP, a menos que en lugar de estar resguardados, estuviesen persiguiendo a los policías fallecidos en medio de la montaña. Pero como en dictadura nunca tendremos información científica fidedigna, sino manipulada en su favor, o no tendremos información simplemente, no sabemos quién disparó a estos señores. Uno de los policías, por cierto, miembro de un colectivo armado del Gobierno, tenía doble identidad. El “funcionario” con prontuario criminal era “El Uno” o líder del colectivo Tres Raíces. Ese colectivo meses antes protestó con sus armas visibles en el 23 de enero para que soltaran a 5 de sus miembros que participaron en un secuestro. Actuaban como hampa común.

Tercero, con mil hombres armados para una guerra, estaban sitiados y atrincherados en una casa en la que solo había 7 personas. Disculpen la expresión: No me jodas. Si tenían posibilidad de defenderse, debían hacerlo. A pesar de que cuando negociaban pudieron disparar y matar a por lo menos 10 funcionarios si hubiesen querido -según se ve claramente en varios de los vídeos- no lo hicieron, porque su objetivo no era matar. Por el contrario, lanzaron su discurso político en el que explicaban que no eran delincuentes y que su lucha era justa y por Venezuela. Si alguien es responsable de todas las muertes del 15 de enero en El Junquito, es la dictadura.

Cuarto, estaban armados, sí, pues su ataque al destacamento militar en Los Teques supuso una acción armada para hacerse con más armas para combatir una dictadura. En ese ataque no hubo muertos ni heridos. Los grupos insurgentes que luchan por la vía de las armas contra un Gobierno dictatorial, hacen eso, determinan que esa es la forma y lo llevan a cabo. Entonces pregunto a los chavistas, ¿Cuando el golpe de 1992, Chávez iba con las manos vacías y los brazos alzados a luchar contra Carlos Andrés Pérez? Iba armado, aunque hoy sabemos que traicionó aquella insurrección.

Óscar Pérez no estaba «armado hasta los dientes». No. Hasta los dientes estaban armados los que fueron a cumplir la orden de masacrarlo, con lanzacohetes, subametralladoras, un helicóptero artillado y pare usted de contar. Pero de todo esto lo que es inaceptable es que los chavistas no digan nada sobre los colectivos armados. Cuéntenme cómo es que para ustedes se justifica que los colectivos que asesinan, secuestran, distribuyen drogas, trafican con la comida, que sí puedan y deban estar armados hasta los dientes, ¿eso no es reprochable? Hasta ahora no he visto en los muros de la red Facebook comentarios al respecto. O un reproche público. Lo que es bueno para el pavo, es bueno para la pava, dice el dicho.

Quinto, sobre si somos tarados o «retardados mentales» por repudiar la masacre, es un insulto ridículo y despreciable al que no se responde. Sale del odio y de las vísceras del chavismo, que se ha encargado de instaurar eso como forma de debatir las diferencias. Yo creo en otras formas y los revolucionarios actuamos distinto. Para nosotros la palabra es un arma importante, no la que ofende sino la que invita a la reflexión. Vale citar entonces al Che cuando señala: “sean capaces siempre de sentir, en lo más hondo, cualquier injusticia realizada contra cualquiera, en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda del revolucionario”, en el caso de que sinceramente sean revolucionarios, pues la perorata colocada en las redes sociales les acercan más a una idea fascista que a una idea guevariana.

Acusar de terrorista a quien en su legítimo derecho se declara en rebeldía ante una dictadura sin cometer actos de terror contra la población, sino llamados de conciencia, no es terrorista, es simplemente un insurgente, un rebelde, un revolucionario más allá de sus ideas políticas particulares. “Cuando la tiranía es ley, la revolución es orden” dijo Emiliano Zapata, insurgente armado como en su momento lo fue el Che, o los sandinistas o el Frente Américo Silva en nuestro país.

Tampoco creo en la intervención imperialista como mecanismo para salir de la dictadura. Esta es una lucha que debe saldar el pueblo venezolano, que debe unirse, organizarse y luchar hasta las últimas consecuencias. Solo así se logrará salir de la dictadura sanguinaria.

Se debe luchar contra un Gobierno que ha generado cientos de muertos por hambre, que permite el crecimiento de la desnutrición y mata de miseria a los sectores más empobrecidos del país y que a pesar de las cifras y las denuncias no toma medidas de emergencia y urgentes para detener las muertes por esta causa. Miles han muerto por falta de medicamentos, se multiplican los usureros y la corrupción hace de las suyas en hospitales y centros de salud, dejando al pueblo -que no tiene para comer, mucho menos para medicinas- morir de mengua. Y decenas de miles han muerto por la inseguridad, por los delincuentes, que si están armados hasta los dientes, que azotan al pueblo, que tienen las armas porque esta dictadura fomenta y permite que así sea. Y de las OLP ni hablar. No hay estadísticas. Son los muertos que no aparecen en ninguna lista, que no sabemos cómo o por qué murieron, quién dispara y de qué forma. Con la simple etiqueta de “muerto en enfrentamiento” el Gobierno lanza al olvido a los cientos de jóvenes que han muerto en estas circunstancias. Así como ahora, con el término “terroristas”, despachan la discusión y justifican la masacre.

Seguirán avanzando, de eso no hay duda. Seguirán avanzando con sus pasos firmes sobre un mar de sangre, de gente buena que pudo aportar cosas importantes para la reconstrucción nacional. Seguirán avanzando y pisoteado a quien disiente, sometiendo, apresando, torturando al que no les aplaude. Seguirán avanzando desconociendo los derechos del pueblo, violando descaradamente derechos humanos y tratados internacionales sobre Derechos Humanos. Seguirán avanzando y en el camino los espaldarazos, los aplausos, las risas, irán disminuyendo, hasta que un día ya no estarán. Ese día sabrán que todos los muertos que van dejando a su paso tienen dolientes, y que el dolor fortalece. Que tarde o temprano los buenos, que somos más, nos uniremos y acabaremos con la desgracia, la sangre y el dolor, y reconstruiremos a Venezuela con la conciencia limpia de no ser los responsables por participar o acompañar una masacre como la de El Junquito, ni a la masacre continuada en la que mantienen actualmente a Venezuela.

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