Los acontecimientos políticos y sociales de los últimos días marcan cambios profundos en las percepciones de la gente acerca del principal paradigma de más de medio siglo: el neoliberalismo. Sin embargo, no solamente despierta la disposición a luchar de los pueblos sino que también despierta a los apologetas más rancios del orden imperante.

Por eso, la tremenda clarinada chilena es enfrentada por algunos sectores que destilan lo peor de la perspectiva conservadora: el anticomunismo. De poca eficacia, pero altisonante y receptora en oídos irracionalizados, busca sembrar estrambóticas ideas acerca de estos acontecimientos.

Así, dejando a un lado asuntos de significación económica y política, nos sentimos obligados a atender este aspecto de la situación política por su significación en la política contemporánea.

Se trata de una tendencia natural, desde el momento en el cual el comunismo declara como su objetivo histórico acabar con la moderna esclavitud. Sumemos aquella sentencia de Marx y Engels en el manifiesto que indica que los comunistas no esconden sus objetivos históricos y políticos, bajo la premisa de que la confianza y optimismo de quienes se asumen como tales, radica en que el curso de la historia está sujeta a leyes tan rigurosas en su realización como la ley de la gravedad.

Lo acontecido en Chile se inscribe en esa idea. Décadas de represión y bombardeo ideológico no pueden frenar el torrente maravilloso de millones de seres humanos levantados contra la ideología mejor entronizada por el capital en toda su historia. Y es que el ser social determina las formas de conciencia. De allí el miedo. De allí el anticomunismo más enfermizo.

La gesta chilena y el anticomunismo

Pero allí están los anticomunistas para buscar tergiversar un movimiento que por espontáneo no niega una naturaleza radical en su sentido exacto, va a la raíz del problema. Derrumba el emblema neoliberal más importante de América Latina. Se dispone, a su vez, a superar la circunstancia con un sentido positivo, en favor del desarrollo y el bienestar de las grandes mayorías. Y es eso lo que más temor despierta en los conservadores.

Es así como en Venezuela y América Latina aparecen voces afirmando cuestiones que nada tienen que ver con la realidad. Mentiras que terminan por estrellarse ante la contundente realidad. Es la gente la que lucha. Pero estas mentes, partiendo de la falacia de que el chavismo es comunismo se aventuran a lanzar misiles de gaznate.

Aquello de que la cosa no se presenta como es, es un principio que debe ser aplicado en todo campo científico. En una realidad como la venezolana, cobra más vigencia. Socialismo de palabra, liberalismo de hecho. Analizar el chavismo como una expresión del comunismo, a decir menos, es una tontería. Pero, como realización política, es ineficaz. Ahora bien, mentir de manera tan burda termina siendo un boomerang.

Maduro y Diosdado, por igual, le han sacada provecho a ese desatino. Culpar a Maduro y al Foro de Sao Paulo, resulta un contrasentido. Caricaturizar la política de esta manera en nada ayuda al movimiento opositor. En algunos casos impera un cálculo político. En otros, la simple reacción de quienes profesan una ideología que, por su base irracional, no es consciente de las proporciones.

Además, evidencia y, por tanto, alerta a la gente, la intención que guardan a la hora de un eventual cambio de gobierno en Venezuela. Pone en el tapete su perspectiva para nada popular. Parecen querer entrar en un nuevo reparto del botín.

En las más de las veces impera la inclinación a favorecer los intereses del imperialismo estadounidense que se arroga la condición de hegemón en la lucha contra el comunismo. Alemania y otros imperialismos, como el francés, tienden también al anticomunismo, pero no de manera tan enfermiza como la de EEUU. Impera el impacto del nazi-fascismo y el fascismo en Europa en su oportunidad que, bajo el combate contra al comunismo, llevó a Europa a vivir la etapa más oscura de la historia humana. Pero EEUU anda desatado en la materia.

Como en Chile

La superación del chavismo debe ser positiva. Esto es, debe conducir al bienestar de los venezolanos. Debe suponer desarrollo para atender los grandes problemas de la tragedia que sufre el pueblo. Si es para seguir el camino chileno, no levantará entusiasmo y simpatía. Por el contrario, afirmará esa modorra y desconfianza imperante en muchos sectores.

Por lo que debemos hermanar las luchas de los chilenos y ecuatorianos con las luchas del pueblo venezolano. Tanto parecido hay en la esencia de las políticas económicas y sociales, y de sus consecuencias, que lo menos que debemos hacer es un análisis serio y riguroso al respecto. Se trata, con sus bemoles, de las mismas orientaciones. También es similar la respuesta gubernamental: la misma represión. Veamos algunas…

En nuestros países ese asunto de la deuda resulta una constante. Se cumple aquel principio según el cual, mientras más ingresos, más capacidad de crédito. Esto es, más capacidad para el endeudamiento. Además de la zarandaja de potencialidades que permite despertar el endeudamiento, que nunca terminan de aparecer. Reflejan la relación que existe entre los feligreses y sus dioses sean cuales sean. Fetichismo pues. Sólo que esta adoración conduce a tragedias en las cuales los resultados superan a las de los griegos.

La caída de la demanda, proceso natural del capitalismo, mientras crece de manera incesante la producción de bienes, es un asunto planetario. En el caso chileno sus repercusiones son mayores. No tanto como en el caso de Venezuela donde la cosa es superlativa. En el caso de Chile, la política liberal, buscando satisfacer la mayor voracidad de los capitales, descarga en la gente el costo de los servicios. Bajos impuestos sobre la renta y mayores facilidades para garantizar una elevada cuota de la ganancia hizo lo propio para que estallara la sociedad. Previo, la desigualdad en el país austral, es de antología. Es la clásica contradicción en el desarrollo natural del proceso de acumulación de capitales.

Son tiempos estos en que las luchas de los pueblos, por el temor que despiertan en el capital, buscan ser desnaturalizadas por un lado u otro. Áreas en disputa, o dependiente de un imperialismo u otro, se acusa a uno u otro. Al final, no son los pueblos. Son los bloques imperialistas los causantes de las respuestas populares. En el caso de Chile, es el foro de Sao Paulo y Maduro. Pero en el caso de Bolivia es el mero imperialismo estadounidense.

Ciertamente, cada bloque imperialista busca penetrar las luchas. Trata de sacarle provecho. Colocarse al lado de quienes insurgen, es una aventura que una y otra vez ha hecho un imperialismo u otro. Pero en ningún caso se puede afirmar que esos movimientos espontáneos, fruto del descontento, sean el resultado de planes imperialistas. Lo sabio es sacarle provecho a esta circunstancia en favor del interés propio, no de la avaricia de las potencias.

Son los pueblos que anuncian nuevos tiempos. Es un protagonismo exclusivo. Reviven aquel fantasma que recorría Europa, sólo que ahora parece tener la intención de asomarse acá o allá.

Publicado en El Pitazo

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