Querida y esperada Señora:

Le escribo desde esta tierra, donde añoramos su pronta llegada, la cual no solo es esperada, sino indiscutiblemente necesaria. Si pudiera enumerarle todas las causas por las cuales en este espacio del planeta requerimos de su presencia, el papel acabaría sin haber terminado.

Créalo, no es un capricho, ni son cosas de inmadurez. Es que el porvenir se nos escapa entre aliento y sudor, y a veces, solo a veces, hasta nos desmoronamos por momentos y nos da ganas de huir, pero el saber de su existencia y de su advenimiento, nos devuelve la fortaleza y a nuestros rostros regresa la sonrisa, esa sonrisa de amor por el mundo, por nuestras mujeres, hombres, niños y ancianos. Entonces, la certeza de la igualdad, la libertad y la justicia social, serán el divino manjar que saboreen nuestros labios a diario.

Pero hoy, querida Señora, nuestros niños siguen creciendo sin protección, el pobre continúa muriéndose de mengua y desdicha, nuestros viejos son abandonados por su aparente inutilidad, a pesar de haberlo dado todo en su juventud, los obreros en la calle llevando todo el peso del sol y de la tierra, no ven el fruto de su sudor, el cual es exprimido por el patrón.

Los parásitos encuentran en nuestros niños sus principales centros de residencia, regocijándose de su debilidad, adueñándose de sus pequeños cuerpos desamparados de toda protección sanitaria y social. De sus diminutos cuerpos sobresale un abdomen inflado y una cabeza desproporcionada; cuatro de cada cinco con deficiencia mental. Inmensas cantidades de dinero transitan por los organismos oficiales encargados de la defensa de nuestra población infantil y solo los hijos de los poderosos tienen derecho a tres comidas diarias, salud, educación y recreación.

Amada Señora, perdone si solo le relato sobre situaciones tristes y trágicas, pero qué puedo hacer si son estos los hechos que se repiten constantemente por estos parajes, qué puedo hacer, si cada vez que me asomo al mundo la miseria y la injusticia social golpean nuestra realidad. Entonces miro al cielo tratando de encontrarla entre las nubes, y al no verla, salgo en su búsqueda, por mares profundos. No sé cuál es su vía de arribo, pero tratamos de cubrirlas todas para hacer más pronta su llegada.

Díganos en qué podemos ayudarla, qué espera que hagamos para concluir su llegada, como le decía al principio, no solo esperamos, su presencia es necesaria.

Señora amada, mi amor y mis sueños son suyos, mi casa y mi aliento son para usted, mis palabras y mi pensar se los dedico, porque hasta quien comparte conmigo actualmente mi cama, mi aliento, mis sueños y mi amor, la quiere a usted.

Por esto y cuantas cosas más, querida y amada Revolución, si me permite llamarla por su nombre, le escribo desde este terruño, aguardando su llegada…

De usted por siempre:
LATINOAMÉRICA, otra señora

Escrito por Belinda Álvarez, dirigente juvenil de Bandera Roja, y publicado el 30-09-90 en un periódico de la escuela de Trabajo Social de la Universidad Central de Venezuela, unos meses antes de ser asesinada en una protesta estudiantil en 1991.

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