Conocí a Belinda en una clase de la asignatura Administración en la Escuela de Trabajo Social de la UCV, donde mandaron a hacer un trabajo en equipo. Particularmente no me gustaba hacer trabajos en grupo, pero en esa oportunidad, a pesar de mis súplicas, la profesora no me permitió trabajar sola. Sabía de Belinda, ambas perteneciamos a la UJR (Unión de Jóvenes Revolucionarios), pero teníamos poco trato. Fue en la oportunidad de hacer equipo para realizar el trabajo que comenzó lo que fue una bella amistad.

De baja estatura, pelo liso, robusta y de mejillas rellenitas, al natural, aunque le gustaba una sombra azul en los ojos. Con un tono de voz hermoso, Belinda bien pudo ser locutora, su voz cautivaba. Amante de la lectura, escritora de poesías y de cuentos tragicómicos. Uno que me impactó fue el de la muerte de una mujer por autocombustión, proceso donde su cuerpo generó el calor extremo que la hizo fallecer.

Abrazó la lucha feminista, no obstante, era crítica de la élite de mujeres que solo defendían sus intereses de clase y excluían a las mujeres de los sectores populares. Así pensaba Belinda. De su mano yo también fui conociendo de esta causa y de las mujeres que la lideraban, tal es el caso de la Profesora Gioconda Espina, extraordinaria docente y luchadora por los derechos de la mujer y en ese contexto, ambas, compartían un hermoso vínculo de afecto.

Belinda, a sus 26 años, era una muchacha romántica, la atraían los jóvenes inteligentes, líderes de la época, con convicciones revolucionarias en acción.

El 3 de abril de 1991, en la llamada semana caliente de protesta, Belinda me asigna una tarea logística, de llevar un tobo al lugar donde cae mortalmente herida. Yo enfermé y no pude llegar. Hace una última llamada para saber qué pasaba que tardaba tanto. Sé que más allá de llevar el tobo, Belinda quería que yo estuviera participando.

A 27 años de su asesinato, Belinda, la amiga, la joven, la soñadora, está en ese lugar muy especial de mi corazón, donde están los amores fraternales e incondicionales, esos que nunca mueren.

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    Por: Ruth de La Hoz

    Licenciada en Trabajo Social UCV. Psicoterapeuta de familia y pareja. Sociedad Venezolana de psicoterapia. Docente universitaria jubilada, UCV. Investigadora en el área psicosocial.
    Consultora y tallerista de cursos profesionales y de crecimiento personal. Iglesia evangélica Pentecostal las Acacias. Cristiana evangélica. Lectora y escritora aficionada.

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